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3/3/22

La crónica menor: Intransigentes, intolerantes o fanáticos

Artículo de opinión publicado por comunicacioncontinua.com.


por: Cardenal Baltazar Porras Cardozo - Mérida 03 de Marzo de 2022

Llama la atención el “tono” de los ataques que se hacen a la Feria del Sol y a las corridas de toros. Parto del presupuesto que en una sociedad plural haya opiniones diversas y hasta contradictorias sobre muchos tópicos. El que haya personas o instituciones que adversen las corridas de toros es semejante a quienes rechazan el boxeo o los deportes peligrosos. Pero lo que no es comprensible es que se pretenda que todo el mundo piense como ellos. La convivencia exige conductas incompatibles con cualquier tipo de dictadura o imposición por la fuerza, bien sea por la ley o por las malas.

Ojalá que la misma pasión que se tiene por los animales, se tuviera por la defensa de la vida de los humanos, de la gente que sufre, del rechazo a los violentos, o a los que hacen de la inseguridad, la ocasión para abusar. Por qué no alzan la voz con la misma contundencia por quienes pasan hambre, o están en cárceles en condiciones infrahumanas, o protestan por los niños sin escuela y sin transporte. Razón tiene el Papa Francisco en alzar la voz por los derechos de los inmigrantes que mueren o padecen explotación, o por la depredación del ambiente convirtiendo en eriales tierras fértiles y útiles.

Me pregunto si esas personas son vegetarianas a rajatabla, porque seguramente disfrutan de un trozo de carne o de cualquier especie de tierra o mar, que halagan a los paladares más exquisitos. Como ojos que no ven corazón que no siente, no se han paseado nunca por un matadero, ni tienen idea de la reacción instintiva de estos indefensos animalitos que no son degollados al acorde de música celestial.

Por qué no se condena con igual ímpetu deportes que rebajan la condición humana o la ponen en tal nivel de riesgo que difícilmente salen con vida o quedan en condiciones deplorables después de un accidente.

Como la ignorancia es atrevida cuando no se tiene idea de las cosas, al no saber que no existe mayor mimo que en la cría del toro de lidia. Reciben mejor crianza que los más refinados aristócratas o nuevos ricos del mundo. La fiesta taurina comienza en las dehesas, en el campo, en el que se une el cuido del medio ambiente con el ofrecimiento de un espacio mayor que cualquier parque urbano. En cambio, va contra la condición “normal” de un pájaro estar “encerrado” en una jaula, o la de animales salvajes en un zoológico, fuera de su hábitat natural.

La contribución a una ecología integral de la cría de los morlacos contrasta con la destrucción de miles de hectáreas para cultivos dañinos o para la extracción de minerales preciosos o estratégicos que nos dejan sin los recursos hídricos que necesitamos. Vivimos en una sociedad en la que los derechos humanos no causan furor ni fanatismos, y mejor es que nos distraigamos en la defensa, legítima pero no prioritaria, de los irracionales, porque el rey de la creación es y seguirá siendo, aunque no lo creamos ni lo profesemos, el hombre, a pesar de los millones de niños o ancianos sometidos ahora a la imposición de las leyes del aborto o de la eutanasia. Rechazamos las guerras, pero disfrutamos de películas y reportajes donde la superioridad y la fuerza aplasta a los más débiles.

Los grandes pensadores salmantinos del siglo XVIII, los salmanticenses, escribieron sendos tratados sobre la moralidad del toreo. La razón última fue la defensa del hombre, del pobre, que por ser tal no podía ser vituperado, cuando a los nobles de a caballo se les aplaudía el arte. En el campo charro, en las fincas se amasa la amistad y el trabajo en una faena nada fácil pero que se hace con auténtico cuidado. La contemplación de este arte, el de la superioridad de la fragilidad humana sobre la fuerza y el envite de la fiera no genera odios ni muertes como otras disciplinas, sino el sabio desquite hecho con garbo y finura.

Me atrevo a reclamar sensatez y respeto para que sepamos y cultivemos la tolerancia y comprendamos las razones del “otro” sin que la sangre llegue al río.

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