13/5/20

Con ataques llenos de envidia, difundidos por chismosos y creídos por idiotas, atacan a Hugo Domingo Molina

No todos pueden ufanarse de reunir una familia, numerosa, integrada por varias generaciones atadas por el amor y la lealtad como la familia de Hugo Domingo Molina. Foto archivo. 

** La foto recuerda el día en que bautizaron el Coliseo de Táriba con el nombre del Lcdo. Hugo Domingo Molina, en agosto 2015.

por: Por Víctor José López EL VITO


La Historia es generosa en ejemplos, ejemplos de cómo la humanidad se crece ante las diversas crisis que, encarnadas en procesos apocalípticos, surgieron en el curso de los años.

Con ese vigor testimonial, surge ahora la maledicencia en contra de un hombre, Hugo Domingo Molina, su familia, Hugo Alberto, Hugo José y Carmen Victoria, cuando los hombres y las mujeres hundidos en la envidia, vestidos de infamia y amparados en la difamación, cauta, desconfiada, reticente y falaz, se engañan ellos mismos creyendo podrán ocupar esos espacios privilegiados que tanto les atraen, pero que jamás les han pertenecido porque no han sido capaces de merecerlos.

Hoy somos testigos ante esta pandemia del coronavirus, de cómo esta maldición estimula la conducta de los taurinos del mundo, creando solidaridad y unidad en la lucha. Ejemplos son el liderazgo de Victorino, la familia Domecq, la de los ganaderos mexicanos como las familias Garfias, González, Madrazo, de Haro, muchas más; todas militantes y, sobre todo, sostenidas en el propósito de no desaparecer. Así quisiéramos fuese en Venezuela, de no existir la crápula que fractura la unidad.

En el resto del mundo taurino, vemos con claridad, cómo los ganaderos han entendido la situación. Lo mismo los empresarios, que si no luchan desaparecerán. No pueden quedarse de brazos cruzados los matadores de toros, novilleros, picadores, banderilleros y mozos de estoque. No deben enmudecer los periodistas, que la salvación de la Fiesta está en la unión.

No ocurre así en Venezuela, porque igual que “la amistad no necesita frecuencia” como decía Jorge Luis Borges, “el amor sí”. … Y el toreo es una relación amorosa, profunda como la refleja el sacrificio del ganadero, la expresión artística del torero o la comunicación del periodista, en su ambicioso relato, jerarquizando como acontecimiento histórico. Es decir, de nada vale que defendamos los toros en las redes entre amigos casuales. Si no lo hacemos con amor verdadero, expresado con frecuencia, exaltando sus virtudes y recurriendo como relleno de un recurso de comodidad intelectual para ocupar con trampa posiciones en la sociedad que le da un falso rango a una posición falsa, de mentira.

Digo esto, amables y pacientes lectores, porque me entero que, aprovechando lo aciago de las circunstancias que vivimos como sociedad, han atacado con vileza, infamia, maledicencia a Hugo Alberto y Hugo José Molina, hijos de Hugo Domingo Molina. Un hombre al que sus virtudes taurinas le distinguen como benefactor de la Fiesta de los toros en Venezuela.

No de ahora, sino siempre.

He vivido y he sido testigo del amplio y generoso palmarés taurino de Hugo Domingo, hito referencial de la fiesta de los toros en Venezuela. Esquivo del falso halago, como ganadero, jamás jugó con artificiosos testimonios, como empresario, porque no necesitó de ellos. Virtudes que he comprobado una y mil veces en situaciones coincidentes vividas en México y España. Me constan los homenajes, las reuniones llenas de afecto que han sido organizadas por José Luis, Pablo y Eduardo Lozano, en su casa en Alameda de la Sagra; o las manifestaciones de afecto permanente de Manolo Lozano, personaje patrimonio de la Fiesta. El trato que hacía Hugo Domingo ha tenido todas las grandes figuras del toreo como lo vi en los casos de Ordóñez, El Cordobés, Paquirri, Manzanares, Pedro Gutiérrez El Capea. Todos, sin excepción, respetaron siempre la palabra de Hugo Domingo.

El caso de Jerónimo Pimentel, el hombre que más ha hecho por el desarrollo de la fiesta de los toros en Sudamérica y al que han timado bandidos abusando de su confianza y de buenas intenciones con las que arropaba lo que más le ha llenado en la vida: sembrar de sangre brava los montes de la sierra andina sudamericana.

Entre esos enemigos están los que hoy levantan falsos testimonios y embadurnan con escritos soeces, sus falsos testimonios con la intención de sembrar dolor, de herir a Hugo Alberto y a Hugo José, sabiendo que provocándole heridas a ellos siembran dolor en Hugo Domingo.

Este chueco camino, es la vereda sembrada con los palos que pretenden meterle a las ruedas del éxito de la familia Molina, la familia de Hugo Domingo, cuyos miembros disfrutan y gozan del reconocimiento de la afición a los toros, tanto en Venezuela como en Europa y Sudamérica. Un goce y disfrute de una familia con absoluta cordialidad y afecto entre los hermanos, lo que en algunas familias es imposible; y por ello, la envidiosa siembra del odio. Son ellos, los líderes de esta hermosa familia quienes cruzan como un bergantín en ruta segura el encrespado mar de la vida Hugo Alberto; Hugo Domingo “Coco”; Hugo José, el Morocho, un valiente que se jugó la vida en las astas de los toros y se juega hoy la vida ante las lanzas de la envidia; el nieto, Hugo José, a quien le hierve la sangre por los toros que bombea un corazón apasionado. Las mujeres, que también empuñan con vigor el asta de la divisa de los Molina, María, Blanca, Rosa, Amparo –gran capitana empresarial-, Teresa y la gran Yajaira, que defendía con apasionada entrega – como lo exige el mandato de José Alameda – la divisa celeste, carmín y blanca de Rancho Grande.

Hugo José, un gran aficionado, el Morocho, a quien quiero como un hijo porque me une a él la pasión bien expresada por los buenos aficionados, y hoy no hay muchos buenos aficionados; sabe muy bien, porque así se lo he dicho, que el envidioso inventa el rumor, el chismoso lo difunde y el idiota se lo cree… Y debe recordar que muchas personas pasan por nuestras vidas a enseñarnos a no ser como ellas.

Mis respetos a Hugo Domingo Molina, y su obra, inmensa y majestuosa, orgullo para los taurinos venezolanos.

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