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21/1/20

Mis recuerdos tachirenses

San Cristóbal y la FISS siempre han inspirado el deseo de volver. Foto archivo: Maria tatica Leandro

por: Eduardo Soto Alvarez.

Nunca pude ir a las Ferias de San Sebastián en su época de oro, pero he escuchado comentarios elogiosos de muy variado origen, entre ellos los de mis padres, que eran asiduos asistentes.

Mi papá era tovareño e hijo tovareños, se doctoró en la ULA, se radicó inicialmente en San Cristóbal, donde abrió su primera farmacia, conoció a mi madre, se casaron en abril del 41 y tuvieron su primera hija, antes de regresar al terruño.

Mi madre era oriunda de la capital tachirense e hija de un insigne educador, Don Rafael Alvarez, cuyo nombre lleva un Grupo Escolar de Táriba y fue Director por treinta años de la famosa Escuela, cuyo epónimo era José Gregorio Villafañe, abogado, diplomático y político llanero, pero avecindado por mucho tiempo en San Cristóbal y fue Ministro de Relaciones Exteriores, los veinte días que precedieron al derrocamiento de Juan Crisóstomo Falcón.

Así que existen razones ancestrales, para que sea un admirador del Táchira, de su gente, de sus mujeres llenas de encanto, de su aguerrida juventud y de sus taurinos de fuste y temple. Los tachirenses, quizás por ser de un Estado fronterizo, siempre han tenido un acendrado sentido de patria.

Debido al arraigo de mi padre por su terruño, en el cual vivió todo el resto de su vida, no nací también en San Cristóbal y fui el primero de los cinco hermanos en venir al mundo en Tovar. Pero recuerdo, siendo muy niño, los primeros viajes a San Cristóbal para visitar a la abuela, por la carretera transandina, única que entonces existía. Se atravesaba el Páramo de La Negra; La Cañada, donde moraba una familia de prole tan numerosa, que la señora, para asegurar la justicia distributiva, marcaba con una cruz de chimó en la frente al muchacho que iba comiendo, según nos cuenta la chispeante prosa de Alfonso Ramírez, El Polaco. También se pasaba por La Grita, famosa por su Cristo, su Liceo Militar y los desayunos de La Turca; y en Táriba, la escala era con masato y pasteles del Sr. Angulo.

Ya instalados en la antigua casona, a un par de cuadras de la Plaza Bolívar, gozábamos del cariño de la familia, de las típicas granjerías tachirenses de El Ciclón y de las conversaciones del viejo barbero de la cuadra, que solía peluquear a mi abuelo materno, a quien no conocí, pues murió antes de que yo naciera. Posteriormente, mi abuela se trasladó a Caracas con toda la familia, entonces nos hospedábamos en el Hotel Bellavista, que gerenciaba un señor creo que alemán conocido de mi padre.

Una de las visitas obligatorias del viaje a San Cristóbal, era a casa de las Rodríguez Reyna, dos damas solteronas primas de mi abuelo, una de las cuales era maestra de piano y tenía que oír tocar Sobre las Olas interpretado por mi hermana mayor que, al igual que el infrascrito, no estaba particularmente dotada para la música, aunque ambos la disfrutamos en sumo grado.

Otra visita infaltable era la de los Vivas, parientes de mi padre, recuerdo especialmente a Socorro, quien vivió un tiempo con nosotros en Tovar y trabajaba en el Banco Agrícola y Pecuario. Cerca de casa de los Vivas estaba la panadería La Roca, que confeccionaba el delicioso pan de camaleón, famoso en todos Los Andes y componente esencial del equipaje de regreso. Otro aspecto gastronómico importante, era comer en el restaurant El Sol de Medianoche y aún recuerdo su bistec de lomito de gran calidad; por cierto a mi madre tuve oportunidad de llevarla a cenar en Tallin, en Estonia sobre el Mar Báltico, donde no había tal tipo de carne, pero pudimos disfrutar del verdadero Sol de Medianoche.

De mis recuerdos taurinos más recientes, es de notar el particular fervor del público en la Plaza, al entonar y aplaudir los himnos nacional y local; recuerdo las amenas conversaciones con un compañero de palco, que resultó ser un antiguo cónsul en Cúcuta, muy afable y se preciaba de haber asistido a todas las Ferias de San Sebastián; también recuerdo a una joven pareja de abogados, vecinos de la contrabarrera, agradables y entusiastas aficionados de curiosidad insaciable, que disfrutaban indagando sobre toros, en preparación de su primer periplo de turismo taurino a España.

Era de rigor asistir a los actos matutinos, a las tertulias previas a las corridas en la gran terraza aledaña al Museo Taurino y, al finalizar, solíamos libar un par de copas con un buen amigo, Gerente de la Monumental, siempre cordial y de vasta cultura taurina. Luego nos íbamos, junto con el grupo que venía de Mérida, al hotel habitual de Miguelito, decano tovareño de los aficionados del Estado y, mientras cenábamos y trasegábamos uno que otro escocés, departíamos sobre toros hasta el filo de la medianoche.

Entre los actos de media mañana, recuerdo en particular el de la presentación en San Cristóbal y en América, de los famoso Victorinos, debut que tuvo más eco en España que en Venezuela, en donde tuve oportunidad de pronunciar unas palabras y conversar con el hijo del legendario ganadero de Galapagar, quien es ahora el activo Presidente de la Fundación Toro de Lidia.

Como en todas las ferias del mundo, las corridas salen unas de cal y otras de arena, pero el público no dejaba de asistir a la plaza, con un componente colombiano y sus pintorescas expresiones típicas. Un de estos aficionados no pudo resistir la tentación de hacer un comentario y, al final de una buena tanda de derechazos, exclamó emocionado: Berraco el hombre, no les parece.

La asistencia a una feria taurina, envuelve un conjunto de vivencias, de variada índole, cuya sumatoria al final deben dejar una buena impronta en el espíritu del aficionado, justificar la presencia y generar la intención de retornar, aunque ninguna en particular haya destacado por sí sola.

San Cristóbal y la FISS siempre han inspirado el deseo de volver. Sin embargo, en las actuales circunstancias del país, esperemos que las venideras ferias contribuyan a cimentar la afición y no sean mal utilizadas para proyectar una falsa imagen de sosiego y jolgorio a la comunidad internacional. De ser este el caso, los propios taurinos deberíamos colaborar activamente para corregir tal proyección. Que Dios reparta suerte para todos.

Eduardo Soto Alvarez.

18/01/2020.

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