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9/1/20

Las tertulias taurinas de Mérida

Antonio Chenel, Antoñete, quien vivió varios años en nuestro país, afirmaba que el toreo es de arriba abajo y de delante atrás. Foto: YouTube

-- que en paz descanse don Julián Varona --

por: Eduardo Soto Alvarez

Guardo los mejores recuerdos de las tertulias taurinas que se celebraban en Mérida los viernes y, en época de feria, al finalizar cada tarde de toros.

Los participantes eran aficionados de fuste, que además hacían gala de una chispeante ingeniosidad. Tuve la suerte de ser invitado durante varios años y, por supuesto, al estar en la ciudad, nunca me perdía estas reuniones, amenas, instructivas y salpicadas de ocurrencias, que exiliaban de inmediato el fastidio.

En las tertulias se solía pasar revista al acontecer taurino y se podía avanzar cualquier comentario, pues la idea era conversar sobre nuestra común afición y proporcionaban una buena oportunidad para enriquecer los conocimientos individuales sobre la Fiesta Brava, con las opiniones de los otros participantes.

Inicialmente, en estas reuniones vespertinas se lidiaban ejemplares del famoso hierro de Don Thomas Parr, pero luego comenzaron a escasear, hasta que desaparecieron por razones de fuerza mayor; sin embargo, siempre se guardó fidelidad al encaste escocés, aunque no tuviera los blasones del longevo personaje.

Al salir el primer ejemplar por la puerta de toriles, (que no de chiqueros), se le recibía con la Bendición de Ramos - que no vengan más de los que estamos y si alguno viniere, Dios con su inmenso poder, le quite las ganas de beber- y se le entonaba un responso en latín, pues, a no dudar, estaba condenado al acabamiento; si se había saboreado con particular delectación, se premiaban sus despojos con la vuelta a la redonda mesa, en torno a la cual tenía lugar la tertulia, en la cual se aireaban ideas para el futuro, se hacían chistes, se recitaba, se cantaba a cappella algún tango y se estrechaban los lazos de amistad.

Lamentablemente, esas tertulias han desaparecido o distorsionado su esencia; no obstante, inspirado en los recuerdos, procedo a evocar algunas reflexiones, que hubiese podido traer a colación cualquiera de aquellos aficionados de nivel, en esas agradables sesiones que contribuían a robustecer el espíritu taurino.

Seguramente, se hablaría de Antonio Chenel, Antoñete, que vivió varios años en nuestro país, quien afirmaba que el toreo es de arriba abajo y de delante atrás; que los grandes toros deberían tener el derecho de elegir a su matador; y que el torero perfecto saldría de la combinación de la cabeza y las condiciones de Enrique Ponce, la verdad de César Rincón y la pureza de Curro Vázquez.

Se evocarían las conocidas palabras de García Lorca: los toros son la fiesta más culta que hay en el mundo; y también las no tan conocidas del académico francés Henry de Montherlant, que se refirió al toreo como el único arte que juega con la muerte. A Ramón del Valle Inclán, que hablaba de la violencia estética de la fiesta de toros; a José Bergamín (el de la música callada), a quien el toreo le parecía un doble ejercicio, físico y metafísico, de integración espiritual, en que se valora el significado de lo humano en cuerpo y alma; al escritor gallego Wenceslao Fernández Flórez que solía decir: extraño mundo el del toreo, la muerte lo preside, a veces horripila y en otras tiene una aleccionadora trascendencia.

Esta reflexión daría pie para evocar la presentación en México de Manolete el año 45, cuando luego de ser corneado de gravedad, un periodista le preguntó si no había visto al toro que se le venía encima, porque entonces se hubiese apartado. La contestación del Monstruo es ejemplo de pundonor: Claro que lo ví, pero yo no me apartaré de los toros mientras me llame Manolete.

Como no recordar a Lagartijo: en el toreo, unos saben lo que hacen y otros hacen lo que saben; o a Rafael El Gallo: clásico es el toreo que no se puede hacer mejor; o Luis Francisco Esplá, quien lo definía como el equilibrio entre la fuerza y la estética; o la feliz expresión de Octavio Paz: el toreo es poesía en movimiento; o a Juan Belmonte, quien al saber que cierto grupo de aficionados criticaba su amistad con intelectuales, comentaba: ¿Qué se han creído, que para ser torero es preciso andar a cuatro patas?

Alguien hubiese evocado al escritor y filósofo donostiarra, Fernando Savater, quien decía que en el toreo está presente la muerte, pero como cómplice para que la vida se afirme; y que los antitaurinos (no sabe si todos) utilizan la cabeza para embestir y no para pensar.

A propósito, uno de los grandes pensadores de España, fue sin duda José Ortega y Gasset, insigne aficionado para quien los toros ocuparon siempre primera fila entre sus inquietudes intelectuales. El filósofo madrileño concibió la idea de un tratado técnico e histórico sobre los toros, encargó del proyecto a un tocayo vallisoletano y así nació la empresa editorial más ambiciosa del mundo taurino, la cual todos los aficionados hemos consultado alguna vez y que ahora conocemos popularmente como El Cossío.

Eduardo Soto Alvarez

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