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20/2/18

Revista aplausos: El caso Colombo

Carlos Ruiz Villasuso se pronuncia sobre la ausencia de JE Colombo en carteles ya anunciados de ferias españolas

tomado de Revista aplausos - Por Carlos Ruiz Villasuso

Me pasan la feria de Burgos de la supuesta empresa ganadora. En enero, una feria cerrada para una plaza que ni tiene empresa aún y que se anunciará para julio. O sea, que desde el invierno hasta julio, suceda lo que suceda, haya o no novedades, triunfos gordos en Fallas, Sevilla o Madrid, las ferias se cierran ahora. O sea, que estamos ante la suma siguiente: por una parte hay que tener en cuenta que hay que cerrar carteles ya mismo con las figuras. De acuerdo. Y por otro, que hay que cerrar ferias como manden los pliegos de condiciones. Y entonces, pregunto: Qué dejamos para lo bueno, para la sorpresa, para el esfuerzo de cada día? Nada.


Hay demasiados cambios de cromos, de nombres y de intereses. Y eso, que tiene su lógica empresarial, jamás había llegado a tener tanta imposición en los carteles que se anuncian como ahora. Por tanto, ese discurso relativo a premiar a las novedades con esfuerzo y valía contrastados es un discurso falso. Una mentira nada piadosa

Es absolutamente absurdo tener un discurso sobre la necesidad de sorpresa y de novedades para el toreo y sus carteles, con la práctica real de cerrar los carteles con casi medio año de antelación. Lo peor es que, detrás de este absurdo, hay una perezosa práctica que lleva al toreo al límite de su contradicción. Un ejemplo: el venezolano Jesús Enrique Colombo. Salen los carteles de aquí, de allá, y no aparece en ninguno. Ni un pitón. Y entonces hago las siguientes preguntas:
¿Todos los titulares del año pasado sobre este torero son mentira? ¿Todos sus triunfos y actuaciones son mentira? ¿Todas sus cornadas son mentira?

Todo eso de su liderazgo en el escalafón de novilleros, en el que sacó a barrer su escoba, son mentira? Porque si fueran verdad, resultaría que el toreo no es ni va a ser ya jamás, ese lugar natural único en el que el esfuerzo y los valores en la arena servían de algo a un hombre. Esa recompensa que dotaba al torero de la justicia natural que ya no tiene.

Colombo, este año, se la juega en Madrid. Se la juega a que le pongan medio bien a precio de saldo y bajo mínimos (como confirma pues abre cartel y así tiene alguna chance de ir en una buena tarde) y rezar para que el asunto salga muy, muy bien. Vamos, que o le corta dos orejas a un toro o no le sirve de nada. Y aun así, no se sabe si le va a servir, depende. Y eso le puede suceder a cualquier novillero que se la juegue todas las tardes de un año, porque la confección de los carteles ya no guarda el respeto a eso que el toreo siempre premió: los valores de un hombre nuevo en las plazas.

Hay demasiados cambios de cromos, de nombres y de intereses. Y eso, que tiene su lógica empresarial, que ha sucedido casi siempre, jamás había llegado a tener tanta imposición en los carteles que se anuncian. Como ahora, jamás. Por tanto, ese discurso diario de medios de comunicación, de taurinos en coloquios, etc. relativo a premiar a las novedades con esfuerzo y valía contrastados es un discurso falso. Es una mentira nada piadosa.

Colombo y los casos similares, no reciben ese premio. Reciben un cara o cruz en Madrid que, si le sale bien, tendrá ya rentabilidad para el año siguiente, porque las ferias, en junio están cerradas.

¿Hay alguien que pueda afirmar que todo lo escrito en los párrafos anteriores no es una descripción de nuestra realidad? Hay un sentido de lo justo que si lo perdemos estamos perdiendo el respeto a lo que ha sido el toreo toda la vida. No solo se maltrata económicamente al novillero, al que se le obliga a ser profesional y a acumular deudas. Sino que si se la juega y triunfa, no le vamos a dar su justo chance.

Eso no es el toreo. Eso es la perversión de los valores del toreo. Hay que ponerlos. Y hay que ponerlos para que el público y el aficionado decida sí o no sobre él. Y que sean su talento y su valor los que le lleven al fracaso o al éxito.

Que decida el público y el aficionado y no esa forma de hacer carteles en los cuarteles de invierno. Si a los adolescentes que quieren ser toreros los metemos en una escuela, les hacemos iguales, les vestimos iguales, les desarrollamos iguales y si, a pesar de todo, a alguno le da por salirse de la norma y sacar la escoba con sus cojones o su arte, y no somos capaces ponerlo mejor por si acaso, aunque sea solo si acaso, el toreo lo tiene jodido. De momento, el discurso sobre los valores y el esfuerzo una pantomima.

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