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28/2/18

Remembranzas mexicanas recientes

En Tlaxcala, de donde era oriundo El Pana, en uno de sus tres cosos está su escultura ejecutando un pase de trinchera. Foto: altoromexico.com

por: Eduardo Soto Alvarez

No es del todo fácil comenzar a escribir de nuevo, luego de tres meses sin importunarlos con mi prosa, pero como todo en la vida tiene su final, aquí estoy otra vez pluma en ristre y lo que es peor, con un cúmulo de vivencias frescas de tierras aztecas, que esta vez abarcan desde nuevas experiencias sísmicas, hasta las visitas a algunos tianguis y a la legendaria ganadería de Piedras Negras, las cuales resultaron con derivaciones imprevistas, que para colmo removieron mis remembranzas de la India.

Siendo así las cosas, trataré de no atosigarlos demasiado con estos recuerdos, pero como no estoy tan seguro de lograrlo, comenzaré por el remate que a veces resulta más interesante que el inicio.

En Tlaxcala, el estado más pequeño de la Unión, hasta que hace poco le quitó el puesto la Ciudad de México, tiene sin embargo una de las más altas densidades taurinas del mundo. En su territorio de cuatro mil kilómetros cuadrados, tienen asiento una treintena de ganaderías de casta y tres plazas de toros: la de Apizaco, de donde era oriundo El Pana, cuya escultura ejecutando un pase de trinchera se encuentra en las afueras del coso; la de Huamantla, coliseo techado con un interesante Museo Taurino anexo; y la de Tlaxcala, capital del estado homónimo, la cual lleva el nombre de Jorge El Ranchero Aguilar, en homenaje al famoso torero nacido en Piedras Negras. Según la información proporcionada, esta plaza fue construida en el siglo XVIII, lo que daría pie para considerarla histórica, aunque sin la categoría de Acho, a orillas del Rímac en la capital peruana.

Aparte de esas dos figuras del toreo ya desaparecidas, son también tlaxcaltecas Uriel Moreno, El Zapata, diestro muy creativo, que se presentó sin mucha suerte en Tovar hace unos años y dos conocidas familias toreras: los Ortega, con los hermanos Alberto y Rafael y los Angelino, con José Luis, Joaquín (Angelino de Arriaga para los Carteles) y Gerardo, torero de plata, hijos de El Pulques, destacado banderillero fallecido a fines de 2016.

Aunque México cuenta con Atenco, la ganadería de lidia más antigua del mundo, no es sino hasta la segunda mitad del siglo XIX, cuando otras comienzan a especializarse en la cría de reses bravas. Así en Toluca surge San Diego de los Padres, San Mateo en Zacatecas, La Punta en Jalisco y Piedras Negras en Tlaxcala. Esta vacada, fundada por la familia González hace casi quince décadas y que nunca ha salido de sus manos, se considera una de las madres de la cabaña brava mexicana. Se inició hacia 1870 y a principios del siglo pasado se nutrió con simiente de Saltillo, la cual aportó bravura y calidad a sus toros. En 1929, se convirtió en la primera ganadería de México en lidiar en plazas españolas, al presentarse en Santander y San Sebastián, donde Cagancho y Manolo Bienvenida, se enfrentaron a estos bureles con divisa roja negra, que llevan como señal de sangre una corbata rajada en sus badanas.

Se dice que Piedras Negras agregó en 1895 un toro de Miura, pero lo cierto es que en los lujosos salones del Hotel Alfonso XIII de Sevilla, el Consejo para la Cultura y las Artes de México, realizó en 2015 el acto de hermanamiento de ambas ganaderías, sin cuya mención sería imposible hablar de la historia del toro bravo.

Tuve la suerte de tropezar en Tlaxcala con dos aficionados, ambos jóvenes profesionales universitarios, quienes organizaron y sirvieron de guías en nuestra visita a Piedras Negras, Coaxmalucan y a las plazas tlaxcaltecas. La gira fue por demás interesante y cordial, pues uno de los muchachos era de la zona, criado y conocido en los ranchos ganaderos, lo cual nos facilitó el acceso en febrero, mes poco propicio para organizar visitas de este tipo.

Al terminar el tour, el guía del terruño, quien era médico veterinario, me obsequió una interesante biografía de El Ranchero Aguilar, quien, seguramente haya sido el único torero en la historia que aparece retratado junto a Jawaharlal Nerhu, Primer Ministro de la India e hindú de la casta más elevada, pues le correspondió recibirlo en un festival durante su Visita Oficial a México, a principios de los sesenta.

Habiendo trabajado varios años en la India, esta fotografía reviste especial significación, pues para los hindúes el ganado vacuno tiene una connotación muy particular. Resulta que hace 2500 años la población hindú comenzó a crecer y los pastos a escasear, pues cada vez más extensiones de tierra tenían que dedicarse a la producción de hortalizas. En tales circunstancias el número de vacas comenzó a mermar, por lo que las autoridades religiosas tuvieron que protegerlas y prohibir su matanza, pues eran importantes por su leche y por su bosta, que servía de abono y de combustible. Los toros, por su parte, siempre han sido animales sagrados para los hindúes, pues son símbolo de la procreación y se asocian a Shiva, el poderoso dios de la naturaleza, que domina los elementos y que, como ellos, puede ser benéfico o causar daño y destrucción.

Por cierto, el Primer Ministro Nerhu, era el padre de Indira Gandhi, quien también fuera Jefe de Gobierno, a la que conocí personalmente y por quien tuve profunda admiración. Su apellido no tenía nada que ver con el Mahatma Gandhi, sino era el de su difunto esposo, pero por supuesto que los dirigentes de su Partido no tenían el menor interés es aclarar el asunto, lo que la envolvía en el mágico halo de los dos apellidos políticamente más conocidos del país: los Nerhu, brahmanes de pura casta y Gandhi, el líder de tenacidad admirable, que defendía la suerte de los descastados e intocables para el resto de la comunidad hindú.

La India hace años abolió por ley el sistema de castas, aunque a veces persiste en la mente de algunos, pues no es fácil erradicar una práctica varias veces milenaria. Sin embargo, es importante acotar que ahora en la India, gente sin casta alguna ha llegado a ocupar hasta la Presidencia de la República, lo cual en una sociedad mayoritariamente hindú adquiere un monumental simbolismo.

Por otra parte, recuerdo con profunda satisfacción, que en el Acto Solemne que organizamos en la India, con motivo del Bicentenario de El Libertador en 1983, la Primer Ministro Indira Gandhi señaló en su discurso que Bolívar es uno de sus héroes desde la infancia, pues en toda casa en que hubiera amantes de la libertad, era familiar su nombre y su ejemplo.

En aquellas culturas fascinantes y diferentes, alimentábamos nuestra inclinación taurina, a través del Embajador de España, a quien le enviaban desde Madrid, filmaciones de corridas completas de las principales ferias españolas. Con frecuencia, los viernes al final de la tarde, junto con mi querido amigo y colega el Negro Cróquer, lamentablemente fallecido el año pasado, nos reuníamos en la residencia, mandábamos a preparar una arroz a la marinera, poníamos música de pasodobles y armados de sendas copas de vino blanco, nos encerrábamos a disfrutar de una vespertina taurina, con los videos proporcionados por el colega español. Ciertamente, era lo más cerca que podíamos estar de la Fiesta Brava, que se resistía a desaparecer de nuestros espíritus.

Como lo sospeché desde un principio, cuatro cuartillas fueron insuficientes, pues ni siquiera he comentado sobre los tianguis, ni las alarmas sísmicas de la megalópolis azteca construida sobre una laguna, según reza la tradicional tonada. No obstante, espero poder contar todavía con algunos voluntarios que aguanten con estoicismo espartano, otra andanada de remembranzas mexicanas en los próximos días.

Eduardo Soto Alvarez.

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