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6/1/18

Discurso en la celebración de los 50 años de la Plaza de Toros de Mérida

Discurso de Orden del Dr. Álvaro Sandia Briceño con motivo de los 50 años de la plaza monumental de toros Román Eduardo Sandia



DISCURSO DE ORDEN DEL DR. ÁLVARO SANDIA BRICEÑO CON MOTIVO DE LOS 50 AÑOS DE LA PLAZA MONUMENTAL DE TOROS ROMÁN EDUARDO SANDIA

MÉRIDA 15 DE DICIEMBRE DE 2017


LOS PASOS DE LA PLAZA

En las señoriales arcadas que rodean el primer patio de la llamada Casa de los Antiguos Gobernadores, sede de la Academia de Mérida, minutos antes de iniciarse el acto en el cual se conmemoraría en sesión solemne el Centenario de un ilustre merideño, el Dr. Ezio Valeri Moreno, el recién estrenado presidente del Complejo Recreacional Mérida COREMER, nuestro amigo Jorge Bustamante, alumno que fuera en la Facultad de Farmacia del homenajeado y luego su colega de claustro, me llamó aparte para decirme que la institución que preside y los otros entes comprometidos con la Plaza Monumental de Mérida Román Eduardo Sandia, habían acordado designarme orador de orden en esta ocasión, en que nuestro albero merideño cumple cincuenta años de su inauguración.

No sé a fuer de qué se me asignó este compromiso, indudablemente honroso. Creo entrever que es obra de una circunstancia, más que de algún mérito. La circunstancia es que fui el más joven de quienes asumieron el compromiso de hacer realidad esta plaza de toros y el mérito el de haber sobrevivido. Fui miembro de la Junta de Ferias y Fiestas que organizó la III Feria de la Inmaculada que se celebró en ese Diciembre de 1967 y de la primera Junta Directiva de la sociedad mercantil Complejo Recreacional Albarregas S.A. COREALSA, hoy denominada Complejo Recreacional Mérida S.A. COREMER, constructora y propietaria de este coso taurino.

Cuando recuerdo a quienes integramos esa Junta de Ferias y Fiestas y a la primera Junta Directiva de COREALSA, no puedo menos que repetir la frase del nobel peruano Mario Vargas Llosa: El mundo a mi alrededor se va despoblando y quedando cada vez más vacío. Los más de estos buenos amigos y compañeros de inquietudes se han ido, duermen ya en la definitiva paz del camposanto en palabras del Cardenal José Humberto Quintero.(1) Quedamos pocos que podamos enhebrar las cada vez más lejanas memorias y por eso, consciente de mis limitaciones, solicito el superior permiso de la autoridad para hilvanar, en vez de un discurso de orden, una crónica ordenada en torno a los hechos y circunstancias que rodearon el nacimiento de nuestra cincuentenaria Plaza Monumental de Toros.

LAS FERIAS DE SAN SEBASTIAN

San Cristóbal es llamada por muchas razones la Ciudad de la Cordialidad. Atraídos por la cercanía de la vía terrestre, en aquel entonces casi cinco horas de curvas y regresivas asfaltadas y algunos trechos de tierra, porque no se vislumbraba la moderna Autopista Rafael Caldera que hoy nos lleva a El Vigía, durante varios años fuimos a las Ferias de San Sebastián a disfrutar de las fiestas y a presenciar las corridas que se celebraban en la muy bien diseñada plaza portátil ubicada en el Barrio La Concordia. El grupo de merideños de esa primera expedición la integramos Germán Briceño Ferrigni, Román Eduardo Sandia, Luis Contreras Pernía, Marcial Laffaille y quien les habla. Apenas al llegar fuimos acogidos con verdadero agrado en la casa-quinta, casi de estreno en la Urbanización Pirineos, propiedad de René Colmenares Finol y su esposa Christel. Compartimos almuerzos donde el señor Wilhelm Ghiorgi, suegro de René, factor fundamental de la empresa Cardeco & Cia, con vinos alemanes, españoles y franceses especialmente producidos para su bodega particular y al final tabacos cubanos acompañando un aromoso cognac; desayunos con pisca andina en la vieja casona en el centro de la ciudad de Don Luis y Doña Evita Colmenares, todavía no mudados a la quinta “La Colmena” también en Pirineos, donde nos topamos con los primos Ladimiro y Ciro Espinoza León venidos de Caracas; fuimos agasajados por el Dr. Alberto R. López Cárdenas en Táriba, con toque técnico en el Club Sucre; atenciones de todos los grupos Colmenares: Colmenares Finol, Colmenares Botaro, Colmenares Pacheco, Briceño Colmenares; cordiales recepciones en las casas del Ing. Pedro Emilio García, del escritor Horacio Cárdenas Becerra y de Don Ernesto Páez U., y de los paisanos merideños Dr. Francisco Romero Lobo, Walter Oliver Luengo y José María (Chichiría) Valeri. Después de las corridas era necesario recalar en el Hotel El Tamá, operado por la muy eficiente empresa CONAHOTU, para terminar la jornada entre gallos y medianoche en las recordadas y festivas casetas, vestigios de las muy rumbosas ferias de Cali y Manizales y patrocinadas por empresarios del vecino país.

En las Ferias de San Sebastián de enero de 1967 se inauguró la Plaza de Toros de San Cristóbal que nos sorprendió gratamente y fue precisamente en el Hotel El Tama, en las reuniones antes y después de las corridas de ese año, donde se trató sobre la posibilidad de construir una moderna plaza de toros en Mérida. El tema fue motivo de conversaciones entre los amigos tachirenses y los merideños allí reunidos. Impactó, sobre todo, entre quienes ejercían funciones importantes en nuestra ciudad: Pedro Rincón Gutiérrez, Rector de la Universidad de los Andes, Germán Briceño Ferrigni, Presidente de la Asamblea Legislativa, Edilberto Moreno, Presidente de Corpoandes, Vicente Contreras Pernía, Presidente del Concejo Municipal del Distrito Libertador y Román Eduardo Sandia, Director de Obras Públicas Estadales, así como también del doctor Siro Febres Cordero, merideño residente en Caracas pero con empresas de construcción y de truchicultura en la zona de Moconoque de Mérida.

Al regresar a nuestra ciudad, los ya nombrados personajes se hicieron voceros para trasmitir la idea al Profesor Gustavo Amador López, Gobernador del Estado, quien de inmediato se adhirió a la propuesta, y al Dr. Alfonso Dávila Matute, factor fundamental de las II Ferias de la Inmaculada, que había reunido una magnífica muestra agropecuaria e industrial de nuestro estado y que se había celebrado el año anterior en las instalaciones de Ia Hacienda El Rosario, de su propiedad.

El Rector Rincón Gutiérrez y esto es historia conocida, citó para una reunión en la sede del rectorado y allí expuso la idea nacida al calor de la cordialidad tachirense. Ofreció terrenos, si eran necesarios, que fueran propiedad de la Universidad y el apoyo técnico de la Escuela de Arquitectura, para lo cual designó al arquitecto Luis Ramírez García, quien coordinó con los destacados estudiantes Ely Saúl Uzcátegui, Ramón Pérez y Alfredo Blanco el anteproyecto y luego el proyecto definitivo de la obra. Los jóvenes estudiantes, ya graduados de arquitectos, asumieron con gran responsabilidad la tarea y aquí está lo que podemos denominar su tesis de grado convertida en realidad.

El Dr. Fortunato Adrián, Director del Ministerio de Obras Públicas en la Zona, recibió luego instrucciones del Ministro Dr. Leopoldo Sucre Figarella, a instancias del Gobernador del Estado, y ofreció toda la colaboración que le fue solicitada, por eso se proyectó y se ejecutó el enlace vial que partiendo de lo que llamábamos la Panamericana (hoy Avenida Los Próceres) llegaba hasta la Plaza de Toros.

La plaza de toros, nuestra Plaza Monumental, nacida en la tierra que entre colinas se destaca como llamó a su ciudad el poeta Manuel Felipe Rugeles, se hizo realidad aquí, en nuestra tierra, porque todos los llamados a colaborar así lo hicieron, sin egoísmos, sin banderías políticas, pensando en Mérida y sólo en Mérida.

La tarea parecía imposible. Era una lucha contra el tiempo. La responsabilidad de la ejecución de esa mole de cabillas y cemento recayó sobre un joven ingeniero civil de veintinueve años de edad, Román Eduardo Sandia, quien se desempeñaba en la Gobernación del Estado como Director de Obras Públicas. El Gobernador, Profesor Gustavo Amador López, le concedió licencia para separarse de su cargo por el tiempo que fuera necesario. El ingeniero Sandia coordinó a un grupo de profesionales mayores en edad y en experiencia, y lo hizo con prudencia pero con el don de mando y la seguridad de quien sabía lo que quería y con la confianza que le habían dispensado los representantes de los entes públicos gubernamentales y las empresas privadas involucradas en la obra. La finalidad era construir la plaza de toros que tenía que estar lista para ser inaugurada para las ferias programadas en el mes de diciembre de ese año.

Aprobado el proyecto presentado por la comisión designada por el Rector Rincón Gutiérrez que dirigía el arquitecto Luis Ramírez García y los cálculos estructurales realizados por el Ingeniero Manuel Padilla, se procedió a la contratación de las primeras obras: el sistema de fundaciones con la empresa Oficina Técnica de Ingeniería OTECINCA del ingeniero francés Marcial Laffaille y los pórticos estructurales con la Constructora Ventuari C.A. cuya Dirección Técnica estaba a cargo del Ingeniero Francisco “Chiquino” González. Los graderíos fueron elaborados por Pretensados Cagua de los hermanos Hernández Roura, en la ciudad del mismo nombre, y transportados en gandolas hasta la plaza en construcción. Toda la madera de las puertas, barreras y de los burladeros de la plaza fue suministrada por el Laboratorio Nacional de Productos Forestales, que dirigía el Ingeniero Forestal Jesús Conejos Sobrino.

El 17 de agosto de 1967 se iniciaron las obras y ciento doce días después se inauguró la Plaza Monumental de Mérida que hoy lleva el nombre de Román Eduardo Sandia, con la terna integrada por César Faraco, el Cóndor de los Andes, Manuel Benítez El Cordobés y Francisco Rivera Paquirri, quienes hicieron el paseíllo montera en mano, para en las arenas de nuestra cumpleañera Plaza Monumental, lidiar el encierro de las ganaderías colombianas de Félix Rodríguez y Achurry Viejo y así inscribir sus nombres para las generaciones futuras en la historia de nuestra plaza de toros, hoy cincuentenaria.

LA PEQUEÑA HISTORIA

La Plaza Monumental de Toros fue diseñada para ser construida inicialmente en la Hacienda El Carrizal, propiedad de Don Tulio Febres Cordero hijo, sita en la entrada del vecino burgo de La Parroquia, en lo que hoy es la Urbanización El Carrizal, en los espacios aledaños a los ocupados por el Centro Comercial Millenium. Una de las ideas que más pesó para desechar ese lugar fue la falta de una vía de tránsito que uniera en forma rápida la pequeña población de La Parroquia con nuestra ciudad porque, decían los entendidos, la vieja Carretera Trasandina construida por el General Juan Vicente Gómez en 1925, no iba a soportar la cantidad de vehículos que circularían en los días de corridas entre Mérida y La Parroquia y podría llevar a un colapso vial. Debo acotar que la Avenida Andrés Bello que comienza en la coloquialmente llamada Bomba de Mario Charal y enlaza con la Avenida Centenario de Ejido y continúa bordeando el río Chama por una moderna carretera hasta llegar a El Vigía, fue construida en el primer gobierno del Dr. Rafael Caldera (1968-1973) siendo Gobernador del Estado Mérida el Dr. Germán Briceño Ferrigni, promotor también de nuestra Plaza Monumental.

En la búsqueda de terrenos más cercanos a la ciudad, se abrió un compás de espera de algunas semanas y el Dr. Alfonso Dávila Matute ofreció en venta los terrenos de la Hacienda El Rosario, donde hoy se ubican las Urbanizaciones El Rosario y Humboldt y el Cuartel de Bomberos y fue entonces cuando el Rector Rincón Gutiérrez manifestó a la comisión ad-hoc que la Universidad de los Andes cedería los terrenos de la Hacienda Liria, en la entonces despoblada zona norte de la ciudad, con el compromiso de la Zona 2 del MOP de construir las vías de acceso a la plaza de toros, cuyo proyecto también contemplaba una gallera monumental, una manga de coleo y amplias zonas verdes y caminerías.

Para darle un estatus legal a la Plaza Monumental de Toros y a las obras anexas se constituyó la sociedad mercantil Complejo Recreacional Albarregas S.A. COREALSA con un capital de Bs 4.000.000,oo totalmente suscrito y pagado en un 92.86% dividido en 4.000 acciones con un valor nominal de Bs. 1.000,oo cada una. El Ejecutivo del Estado Mérida suscribió 2.802 acciones, la Universidad de los Andes 560 acciones, el Concejo Municipal del Distrito Libertador suscribió 30 acciones y otras 408 acciones fueron suscritas entre organismos públicos y privados y particulares.

La Universidad de los Andes aportó el terreno de la Hacienda Liria con cinco y media hectáreas valorado en Bs. 560.000,oo, el activo estaba constituido, además, por la Plaza de Toros con un valor de Bs 2.998.839,60 con capacidad para 16.000 espectadores, la Gallera Monumental con capacidad de 3.000 asientos construida a un costo de Bs 241.645,34 y la Manga de Coleo valorada en Bs 84.000,oo. La Plaza de Toros, la Gallera Monumental, la Manga de Coleo, estacionamientos y accesos ocupaban un área de 55.000 mts2.

La Asamblea Constitutiva de COREALSA designó la primera Junta Directiva que estuvo integrada por Marciano Uzcátegui Urdaneta como Presidente, Román Eduardo Sandia Briceño, Secretario General, Jesús Alberto Fernández, Tesorero y Luis Arturo Calderón Pino, Jesús Bracho Barreto, Tomás Alonso Fierro, Rafael Ángel Cuevas Picón, Arturo Matera López, Edilberto Moreno Peña, Zoila Teresa Díaz, Bernardo Celis Parra, Edgardo Díaz Girán y Álvaro Sandia Briceño ocupando otras posiciones directivas entre principales y suplentes.

La Hacienda Liria fue propiedad de Don Francisco Dávila Gabaldón, a quien sus cercanos amigos y familiares llamaban Don Pancho. Los hermosos terrenos de la finca se divisaban desde la Avenida 1, hoy Rodríguez Picón y llamada antes de Los Baños, si, de Los Baños, porque las mujeres iban a lavar la ropa en los meandros del río Albarregas y los varones a bañarse y a disfrutar nadando en los pozos de agua que se hacían entre las grandes piedras situadas en las orillas, de allí el singular nombre primigenio de esa calle.

LOS RIOS DE MERIDA

Mérida es una ciudad bañada por cuatro ríos, que la hacen sentirse airosa desde su hermosa meseta. Don Mariano Picón Salas, en su Viaje al Amanecer, nos habla del permanente rumor de los cuatro blancos y espumosos torrentes en que la altiplanicie de Mérida se va a bañar los pies y que para mediados de marzo los cerros de la Virgen y de Las Flores ya esplenden de su cosecha de lirios, narcisos y azucenas(2). De allí quizás derive el nombre, en femenino, de la finca de Don Pancho. El Padre Basilio Vicente de Oviedo dice del paisaje que el cerro de Las Flores con su laguna hermosa, en cuya circunferencia hay flores y laureles que la hermosean mucho.

Desde la Hacienda Liria se contempla el cerro de Las Flores cantado en la rica prosa de Picón Salas y del Padre Oviedo. Esta finca también está cercana al río Albarregas por uno de sus costados y al río Milla por la parte norte. Más lejos está el Mucujún y aún más allá el Chama.

Quienes han escrito la historia de la ciudad desde el descubrimiento y conquista, la colonia y los tiempos más cercanos, han dejado testimonio de los ríos de aguas rumorosas que la circundan.

Mérida es como una isla de ríos que la cercan. Así describió a nuestra ciudad en 1628 el jesuita Pedro de Mercado en la Historia de la Provincia del Nuevo Reino y Quito de la Compañía de Jesús, apenas a decenas de años de ser fundada.

Nuestros poetas loaron los cuatro ríos merideños con hermosas estrofas y así Juan Antonio Gonzalo Patrizi, le canta al Milla así:

Bogando van las aguas

fuegos fatuos de leyendas

…..

Los cinco saltos del río

son cinco aplausos de piedras



Carlos César Rodríguez, dijo de su amado Albarregas:

Toda la noche el río

se desveló cantando

al lado de mi casa



Y Ramón Palomares, añorando a su Escuque natal, admiró al tercero de nuestros ríos, para decirle al Mucujún:

Tú no eres un río para la muerte, hermoso Mucujún.



Solo cabe citar del rugiente y caudaloso Chama, el más lejano a la Hacienda Liria, el cuarto de los ríos merideños que resguardan nuestra ciudad, las palabras de Picón Salas: …un saludo nostálgico… (a) el Albarregas. En materia de ríos, lo prefiero al Chama, violento y devastador como un antiguo jefe civil(3).

En esta Hacienda Liria, la de Don Pancho Dávila, cercana al cerro de Las Flores y a los ríos Albarregas, Mucujún y Milla, cantada por cronistas y poetas, y lejos del turbulento Chama, gendarme innecesario, se construyó la Plaza de Toros, que apenas en esta fecha está cumpliendo sus cincuenta años. Esta es una historia, empecemos la otra.

LA CRONICA DE LAS FERIAS DE LA INMACULADA

En ese año de 1967, Mérida se preparó para las Ferias de la Inmaculada con la alegría y el afán de novia quinceañera. Se pintaron fachadas. Se acicaló la ciudad. Las plazas lucieron como nunca sus árboles, jardines, bancos y caminerías y el siempre verde de la grama brilló con su mejor color y hasta los severos rostros de bronce de los héroes en sus estatuas y bustos parecían rejuvenecidos. En la sierra nevada las águilas de Don Tulio observaban complacidas como la urbe se embellecía para recibir a sus visitantes y abrirse de capa en las esperadas ferias. La ciudad quería lucir sus mejores galas. Era una fiesta, la fiesta de todos.

Se demostró que se podía lograr progreso y desarrollo cuando se unifican criterios y voluntades de las personas que están al frente de organismos oficiales cuando dejan aparte mezquindades y egoísmos, sin parcialidades ni intereses particulares o partidistas.

Era edificante ver al Gobernador del Estado, al Presidente de la Asamblea Legislativa, al Rector de la Universidad de los Andes, al Presidente del Concejo Municipal, al Presidente de Corpoandes, al Presidente y los demás Miembros de la Junta Directiva de la Junta de Ferias y Fiestas, al Presidente de la Cámara de Comercio; a los directores del Diario El Vigilante y del semanario La Opinión y a los directores de las únicas emisoras de la ciudad, Radio Universidad y Radio Los Andes, a los Gerentes del Teleférico y del Hotel Prado Río y de los demás hoteles y posadas y sitios de turismo, a los comerciantes, industriales, profesores universitarios, estudiantes, mujeres y hombres, al pueblo en general, con una sola idea y con un objetivo común, me atrevería a decir que fue una de las pocas veces, por no decir la última, en que los merideños se unieron para conseguir que esta Plaza Monumental se hiciera una realidad y que la Feria de la Inmaculada y la Semana de Mérida fueran ejemplares. Esta vez Fuenteovejuna fue Mérida.

EL PROGRAMA OFICIAL

En los días previos se hizo una importante reunión en el Palacio de Gobierno, con los dueños de hoteles y restaurantes, para evitar la especulación y allí estuvieron el Gobernador y la Junta de Ferias. Todos acordaron hacer esfuerzos para dar a los turistas un trato amable y precios acordes para los servicios que se brindarían.

La empresa Chopera de Manuel Martínez Flamerique, con una vasta experiencia en el manejo de plazas de toros en España y México, con sus ejecutivos Luis Gandica Villarreal y Pierre Belmonte, habilitaron una oficina en el Edificio Sábado, frente a la Plaza Bolívar, para entregar los abonos de las dos corridas programadas. Los socios propietarios debían presentar una foto tipo pasaporte con el número de la cédula de identidad para hacerles entrega del carnet que los acreditaba como tales.

Los actos de la Feria fueron de mucha emotividad y así lo refleja el Programa Oficial que contemplaba actividades institucionales, culturales, sociales, deportivas y folklóricas con plena participación de todos los sectores populares de la ciudad.

Previo al inicio de los actos programados vale destacar la visita que hicieron las proclamadas Madrina de la Feria, María Auxiliadora Valecillos y la Reina de las Nieves Isbelia Rojas Ruíz, acompañadas del Presidente de la Junta de Ferias y Fiestas de la Inmaculada Don Marciano Uzcátegui Urdaneta y otros miembros de la Junta al Palacio Arzobispal, donde entregaron al Arzobispo Acacio Chacón Guerra un platón con leyenda alusiva.

En el Palacio de Gobierno, teniendo al fondo el hermoso mural de Arteaga que exalta la entrada de Bolívar a Mérida en la Campaña Admirable, donde fue aclamado por primera vez Libertador, en acto solemne, se impuso la Medalla al Mérito Turístico a distinguidas personalidades, Ramón J. Velásquez, Alberto Carvallo Gantaume, Siro Febres Cordero, Oswaldo Vigas, Juan Viscarret, Germán Briceño Ferrigni, Rafael Ramírez Castellano, Nectario González, Abraham León, Mario Angulo Mata, Pbro. Deogracias Corredor Rojas, Marciano Uzcátegui Urdaneta, Román Eduardo Sandia, Neptalí Noguera Mora, Ramón Darío Suárez, Leonardo Páez, Rafael Angel Cuevas Picón y Pierre Belmonte. Un concierto de la Orquesta Típica Merideña y una copa de champaña fueron el corolario de este protocolar acto.

En lo deportivo es de destacar el encuentro de futbol entre el Deportivo Portugués, campeón nacional, y el equipo de Mérida, campeón amateur, en el Estadio Mérida; el Torneo de Bolas Criollas en las canchas de las Fuerzas Armadas de Cooperación y los toros coleados con jinetes venidos de otros estados en la manga recién estrenada; Competencias Ecuestres en el Estadio Lourdes; Exposición Agropecuaria en la Hacienda La Isla; Festival Folklórico y el Conjunto de Gaiteros Bolivarianos, Grupos de Tamunange del Estado Lara y el Steel Band de Ciudad Bolívar en el Paseo de la Feria; Teatro de Danzas Contemporáneas bajo el patrocinio del INCIBA y Cine Infantil en el Auditorio de la Universidad; Exposición de Manualidades en el Palacio de Gobierno y de Afiches en el Museo de Arte Colonial; Concierto de Gala en la Plaza Bolívar con la Banda Sinfónica del Estado dirigida por el Profesor Rigoberto Mora y el Concierto de Gala en el Aula Magna de nuestra Universidad con la Orquesta Sinfónica de la Universidad Central de Venezuela, bajo la batuta de Pedro Antonio Ríos Reina, y actuando como solista la célebre pianista Judith Jaimes.

El sábado anterior, se bautizó solemnemente la Plaza Monumental. La imagen de la Inmaculada Concepción fue conducida desde la Catedral hasta la Plaza de Toros. El Arzobispo de Mérida, Monseñor José Rafael Pulido Méndez, impartió la bendición. La Mérida creyente y alegre se volcó en la Monumental y el Gobernador del Estado y el Presidente de la Junta de Ferias le impusieron la Banda de Madrina de las Ferias a María Auxiliadora Valecillos, quien hizo el primer paseo por el ruedo en un quitrín tirado por un enjaezado caballo conducido por John Dávila Fonseca y luego del desfile de las Bandas Secas del Colegio La Salle y del Colegio Monseñor Silva, el Padre Juan Eduardo Ramírez celebró la primera Misa Taurina en medio de la devoción del pueblo católico merideño.

El jueves fue la coronación de Isbelia Rojas Ruíz como Reina de las Nieves por el Presidente de la Junta de Ferias Marciano Uzcátegui Urdaneta y el Gerente del Teleférico de Mérida, señor Arturo Matera López, en la Estación Pico Espejo, al pié de la Virgen de las Nieves, con misa celebrada por el Obispo de Barinas Monseñor Rafael Ángel González, quien vino especialmente invitado para el acto. Isbelia pronunció unas breves y hermosas palabras por medio de las cuales hizo ofrenda y entrega de su reinado a la Virgen de las Nieves. La nota del diario El Vigilante se refiere a Isbelia como una de las figuras amables y cordiales de la Feria de la Inmaculada y Semana de Mérida, yo puedo afirmar después de 49 años de matrimonio que son muchas más las cualidades que la adornan y que su mando suave pero firme ha extendido su reinado desde las nieves eternas hasta nuestra cálida y cordial Aguamontaña.

Ese fue el Programa Oficial de las Ferias y Fiestas de la Inmaculada y de la Semana de Mérida, ahora hablemos de toros.

LOS TOROS EN AMERICA

Dice Fernando Vinyes en su libro México Diez Veces Llanto,(4) que La fiesta de los toros, totémica y milenaria, se proyecta desde la cultura ibérica a las tierras americanas gracias al Descubrimiento. En la América precolombina no se conocían el caballo ni el toro, fundamentales para la fiesta. Después de Colón, desde las orillas del río Bravo a la Tierra del Fuego, durante siglos, se corrieron toros tal y como se hacía en la metrópoli, remedando estilos y usanzas de la corte.

Las fiestas, al comienzo elitescas y luego con fervoroso calor de pueblo, se arraigaron en nuestra América recién descubierta, primero como celebración de los fastos reales, coronaciones, esponsales, nacimientos de herederos al trono, llegadas de nuevos virreyes, pero fundamentalmente en las festividades de los santos patronos de ciudades y villas, para los cuales los sacerdotes de las distintas órdenes fueron los más fervorosos partidarios, y en las cuales todos los nativos con singular alegría hacían propias las festividades.

Caballos, toros, pólvora, vino o aguardiente, bailes y requiebros, todo cabía en el escenario de las fiestas, pero fundamentalmente la fiesta de los toros que los conquistadores sembraron, enraizaron y cultivaron en nuestras tierras, para hacer también aquí realidad los que don José Ortega y Gasset llama la amistad, tres veces milenaria, entre el hombre español y el toro bravo.

En México, siete años después de haber llegado Hernán Cortes, y así lo dice la historia taurina, se celebró en 1526 el primer festejo de toros, con toros bravos de Navarra que se tenían en las haciendas propiedad de los conquistadores españoles,(5) y en nuestra Venezuela …el capitán español Diego de Losada en su camino hacia el Valle de Caracas hizo un alto en Nirgua, o Nueva Jerez como Losada llamó al caserío, el 20 de enero de 1567, para conmemorar la fiesta de San Sebastián, abogado de los españoles contra las flechas de los indios. Los anales de la conquista indican que se celebró la fecha con toros y cañas y otros ejercicios militares,(6) podemos entonces considerar este festejo como la primera corrida, a la usanza de la época, celebrada en nuestro país.

LA PLAZA Y LAS FAENAS EN EL RECUERDO

No es sencillo compendiar en unas breves líneas todo lo que ha sido la historia de la Plaza Monumental Román Eduardo Sandia en estos primeros cincuenta años. Estamos cumpliendo las Bodas de Oro. En oro centellante debiera escribirse su historia, la de los toros, factor fundamental en el ruedo, y la de toreros, novilleros, banderilleros, empresarios, ganaderos, mayorales, apoderados, capellanes, Comisiones Taurinas, médicos de plaza, bandas de música, picadores, alguacilillos, areneros, monosabios, torileros, taquilleros, aficionados, periodistas, peñas y asociaciones taurinas, hasta los vendedores que en los tendidos a veces nos molestan, todos hemos tenido algo que ver con esta plaza de toros.

Cuando se presentó el primer proyecto arquitectónico de la plaza de toros, alguien, admirado, expresó: Parece una copa de champaña, de esas copas clásicas con las que se brindaba en las grandes fiestas y que dicen que su forma fue tomada en un molde de yeso por el escultor Canovas de uno de los senos de la bella Paulina Bonaparte, la hermana del gran corso, cuya escultura se conserva en el Museo Borghese de Roma. Ojalá y pudiéramos celebrar con champaña este cincuentenario. No es fácil en estos tiempos. Pero de alguna forma debemos festejarlos. Esta plaza se la merece.

Todos tenemos un recuerdo preciso de alguna tarde o tal vez de alguna mañana en nuestra Monumental, porque en la inauguración de 1967 y también en 1986, por lluvia, se realizaron dos corridas el mismo día. A lo mejor la grata memoria nos viene del primer rabo cortado en esta plaza por Eloy Cavazos al toro Calimeño de Fuentelapeña en 1973; la alternativa, primera en esta plaza, de Jorge Jiménez, el 23 de febrero de 1974, teniendo como padrino a Manolo Martínez y de testigo a Eloy Cavazos, ante el toro Sol de Mayo de la divisa mexicana de Piedras Negras; o el primer toro indultado, Gavioto de Tarapío, por Bernardo Valencia en 1986; o una media verónica de Enrique Ponce; un llevar el toro al caballo de Paco Camino; un tercio de banderillas de Morenito de Maracay con un par cuarteado, otro al sesgo y el último de poder a poder o unas banderillas al violín de El Fandi; el doblarse con el toro de Tomás Campuzano; los cites de largo de César Rincón; los ayudados por bajo de Nimeño II; cargando la suerte de José Mari Manzanares; unas arrucinas de Diego Silveti; un lance de capa de El Juli; un quite por chicuelinas de Rafael Orellana; el beso de la muerte o al pitón de Ortega Cano o un volapié de Dámaso González; o un hermoso rejoneo de Javier Rodríguez, Dairo Chica o de Diego Ventura; o las faenas de Iván Fandiño, Talavante, Leonardo Benítez, Armillita, Morante de la Puebla, Castella, Rivera Ordóñez, Juan José Padilla, Manuel Díaz El Cordobés, El Soro, Nerio Ramírez El Tovareño, César Venegas, Javier Conde, El Califa de Aragua, Mari Paz Vega o Cristina Sánchez y tantos otros que se confunden en el recuerdo; o el ingrato botellazo que un mal llamado aficionado con algunos tragos demás le lanzó a Pepe Cáceres en la corrida del 16 de febrero de 1969, o quizás el encierro parejo, con peso y presencia, limpio de pitones como el de la ganadería trujillana de San Antonio en la Feria de este año.

Yo tengo un particular recuerdo de la tercera corrida celebrada en esta plaza, la del Sábado Santo de 1968, cuando Alfredo Leal, Curro Girón y Pepe Cáceres lidiaron un estupendo encierro colombiano de Dosgutiérrez, que ameritó que Carlos Eduardo Misle Caremis en su crónica para el diario El Universal de Caracas la titulara: Tres toreros, dos mulillas y un jeep no pudieron con seis torazos de Dosgutiérrez, y valga la explicación porque todos los toros pesaron más de 500 kilos, las mulillas no pudieron arrastrarlos y entonces salió al ruedo un jeep al cual se subieron todos los monosabios y areneros para hacer contrapeso. El resultado de la tarde fue una oreja para el mexicano Alfredo Leal, quien estoqueó al primero de su lote con una media lagartijera que hizo rodar al toro sin puntilla, Curro Girón cortó otra oreja y Pepe Cáceres dio una vuelta al ruedo.

Los toreros se hospedaron en el Hotel Prado Río y al finalizar la corrida acompañé a mi buen amigo Carlos Humberto Pineda Corredor, a quien le había brindado el matador mexicano un toro, a saludarlo en su suite. En la conversación le comenté al torero mi extrañeza porque hizo el paseíllo inicial con la montera puesta, cuando ha debido hacerlo con la montera en la mano y cabeza descubierta, en señal de respeto, dado de que era la primera vez que toreaba en nuestra Monumental. Leal, recostado en un sofá, con gran calma y mientras saboreaba un whisky seco, me dijo lo siguiente: Mire manito, cuando estaba platicando en el Patio de Cuadrillas con Pepe (Cáceres), éste me dijo que si hubiera sabido que los toros eran de Dosgutierrez ni hubiera viajado a Mérida, porque tenía el cuerpo cosido a cornadas de estos toros y culminó el matador su comentario así: fue tanto el miedo que sentí que no atiné a quitarme la montera para iniciar el paseíllo. Quede esta anécdota, que la viví personalmente, como una razón más para recordar esta extraordinaria corrida de Dosgutierrez, con una terna de matadores de postín.

EL NOMBRE DE LA PLAZA

Esta Plaza Monumental de Toros fue bautizada con el nombre de Román Eduardo Sandia. Es un nombre ganado merecidamente. La labor y el tesón que desplegó para la construcción de esta obra aquí están reflejados.

El día de la corrida inaugural, 10 de diciembre de 1967, Román Eduardo Sandia el ingeniero soñador como lo llamó Castoreño en una crónica, con la misión cumplida, celebró desde una barrera de sombra sus treinta años de vida. Este 10 de diciembre de 2017, hubiera celebrado seguramente en esta misma Plaza Monumental, sus ochenta años. El Medallón que será colocado en el Patio de Cuadrillas, obra del escultor Ramón Albornoz, refleja su rostro juvenil y decidido y tiene la siguiente inscripción: Vivaz e inteligente, cordial y comunicativo, líder y dirigente auténtico, sin su voluntad y don de mando no se hubiese construido esta Plaza de Toros en el lapso de 112 días. Cuando Román Eduardo desapareció en la avioneta que lo traía de La Carlota a Mérida, el 12 de junio de 1969, tenía 31 años cumplidos, y en palabras de Sergio Ramírez, Premio Cervantes 2017, Morir joven es un privilegio de los dioses, y la pena de los dioses es no morir nunca, como recuerda Rubén en El Coloquio de los Centauros. Creo que COREMER y las autoridades taurinas también cumplen un deber al rendir postrer homenaje a Román Eduardo Sandia.

En esta celebración de los 50 años de la inauguración de esta Plaza Monumental debemos integrarnos todos y vamos a festejarla como los buenos aficionados, pidiendo los máximos trofeos y puerta grande para los que intervinieron en su proyecto y construcción y para los que hemos disfrutado de hermosas faenas en las corridas de toros, eso sí, con el entusiasmo que da el toreo como decía Joselito.

Tenemos que asumir la defensa de la fiesta de los toros empezando por nuestra Plaza Monumental que la Alcaldía del Municipio Libertador debe declarar Patrimonio Arquitectónico de la Ciudad, con la recuperación de los bustos de Manolete y de César Girón a los cuales se debe incorporar el del merideño César Faraco, para que, a través de dispositivos legales, protegerla de los antitaurinos y depredadores de oficio e impedir que se le sigan mutilando sus terrenos y que no se construyan adefesios como el mal llamado gimnasio vertical en el estacionamiento de vehículos, o barriadas sin servicios en lo que eran los terrenos de la manga de coleo o la gallera que de refugio temporal de damnificados pasó a convertirse en vivienda permanente.

LAS SUMAS Y LAS RESTAS EN LOS TOROS

El gobierno francés ha considerado las corridas de toros como patrimonio cultural de la humanidad fundamentado en los criterios establecidos por la UNESCO. Ernest Hemingway fue un gran aficionado a los toros y escribió en Muerte en la Tarde,(7) que Joselito y Belmonte fueron dos figuras que en su arte fueron comparables a Velazquez y a Goya, y en literatura a Cervantes y a Lope de Vega.

El gobierno francés y el laureado escritor norteamericano han sumado al considerar las corridas de toros como patrimonio cultural de la humanidad y a los toreros igualables a los genios de la pintura y la literatura española. Lamentablemente las corridas de toros no pasan por su mejor momento. Los antitaurinos y equivocados ecologistas restan al no cejar en su empeño por lograr la prohibición y en consecuencia la extinción de la fiesta brava. En Barcelona de España no se pueden dar ahora corridas de toros, cuando es historia que tuvo tres plazas de toros activas, porque un referéndum los prohibió, en Quito ha sucedido algo similar y en Bogotá la hermosa plaza de toros de Santamaría es objeto de intensos debates que impiden su apertura definitiva.

Las condiciones económicas de nuestro país hacen cada vez más difícil los ciclos de Ferias. Así lo vimos hace pocas semanas en Maracaibo. Valencia quedó para el recuerdo. El Nuevo Circo de Caracas duerme el sueño de los justos. Maracay tuvo este año corridas en celebración de los 25 años de alternativa del matador Erick Cortés, convertido en empresario taurino. Nos quedan Tovar, San Cristóbal y Mérida cuyos empresarios debieran pasar a la posteridad como verdaderos héroes. Esperemos que los aficionados llenen los graderíos hasta la bandera en las próximas ferias, para que con este respaldo se sientan animados a continuar su labor, no siempre bien entendida por propios y extraños.



MULETAZOS FINALES

En la Homilía pronunciada en la Catedral de Mérida, en la concelebración eucarística de la toma de posesión Canónica del Arzobispado de Mérida, el 5 de diciembre de 1991, el hoy Cardenal Baltasar Enrique Porras Cardozo, en su plegaria final, dijo: Virgen Santísima Inmaculada Patrona de esta Arquidiócesis de Mérida, a tus pies, en el ábside de este templo catedral, te veneramos todos los merideños.(8) Invoquemos pues, con el Eminentísimo Cardenal la bendición de la Inmaculada Concepción, bajo cuyos auspicios se iniciaron las Ferias de nuestra ciudad, para que siga repartiendo sus bendiciones, y también suerte, a los diestros que lidien en esta catedral del toreo como es nuestra Monumental, y también a quienes seguimos venerando el santo rito de los toros porque los taurinos no podemos perder ni la fe, ni la esperanza, ni la afición.

La fiesta de los toros nos necesita a todos, a los que se juegan la vida en el ruedo y a los que disfrutamos del espectáculo desde las localidades de la plaza. Como buen aficionado y mi presencia aquí consolida cincuenta años de asistencia a nuestra Monumental, hago votos porque nuestra Plaza Monumental de Toros Román Eduardo Sandia siga cumpliendo su objetivo de proporcionar a los taurinos lo que decía Félix Grande: La emoción estética, la alegría de asistir a una cosa tan seria. Porque resulta que el toreo es una de las más serias alegrías inventadas por la solemne vejez de la cultura, y por el arte, la dignidad, el coraje y la pena de los hombres.(9)



NOTAS:

1.- José Humberto Quintero, “Discursos” –Obras Publicadas 1924-1972-, Editorial Arte, Caracas, 1972.

2.- Mariano Picón Salas “Viaje al Amanecer-Nieves de Antaño”, Asamblea Legislativa del Estado Mérida, 1981.

3.- Carlos César Rodríguez, “Testimonios Merideños”, Fundecem, Mérida, 2013.

4.- Fernando Vinyes “México Diez Veces Llanto” Colección La Tauromaquia, No 36, Espasa Calpe, Madrid 1991.

5.- Filiberto Mira, “El Toro Bravo. Hierros y Encastes. España-Portugal-México-Colombia”. Guadalquivir, S.L., Ediciones Sevilla. Segunda Edición corregida y ampliada, 1981.

6.- Víctor José López (El Vito), “Solera Brava”, Domecq, Inprovenca, Caracas, s/f.

7.- Ernest Hemingway, “Muerte en la Tarde”, Editorial Planeta, 1968.

8.- Baltazar Enrique Porras Cardozo “Escritos de Auxiliar 1988-1991”, Universidad de los Andes/Ediciones del Rectorado Arquidiócesis de Mérida/Archivo Arquidiocesano de Mérida, 2007.

9.- Andrés Amorós, “10 Toreros de Madrid”, Colección Oso y Madroño, Hathor Editorial, Madrid, 1988.



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