16/7/16

Colombia: Hércules y la reapertura de la Santamaría

Foto: bogotaturismo.gov.co

por: Alejandro Usma Díaz, miembro de la Junta Directiva de ASOTAURO

En estos tiempos de esnobismos acríticos que se riegan como pólvora, la Corte Constitucional ha dejado en firme la resolución por la cual se devuelve a la plaza de toros la Santamaría su función original: dar espectáculos taurinos. A la par, y al ritmo de corrientes ambientalistas fanáticas, se condena la práctica taurina, el noble arte del toreo y se los considera crueldad y maltrato animal.

Dentro de las muchas cosas que uno tiene que estudiar en el colegio, creo que todos recordamos la clase de filosofía. Una filosofía incipiente, alcanzaría a ser pinceladas de lo más ñoño en historia de la filosofía. Tal vez recordemos las lecciones y textos en los que leímos fragmentos de la mitología griega. Nombres como Electra, Esquilo, Edipo, Clitemnestra, Sísifo y muchos otros vienen a nuestra mente.

Un personaje particular tiene una cierta relevancia: Hércules. La mitología griega nos enseñó que Hércules, mitad hombre, mitad dios, tuvo que ejecutar doce trabajos que le había impuesto el oráculo por el asesinato de su mujer y sus hijos. El séptimo de esos trabajos es capturar un toro salvaje que lanza fuego por la nariz y amedrenta a todos. Los rústicos creían que la aparición de la descomunal bestia era producto de un castigo de los dioses, así que respetan y le rinden culto al toro. Derrotado el animal que había humillado por tanto tiempo a los hombres, éstos no olvidan jamás la lección y desde entonces, de una u otra manera, se celebra el homenaje a la intrepidez e inteligencia de semejante torero, como a la bravura y fuerza de la mítica bestia, que es lo que se da actualmente en el trasfondo festivo de las corridas de toros.

El hombre y el animal han convivido en el mundo en medio de luchas y tensas calmas, pues la historia atestigua que bien sea en su defensa o para procurarse alimento, vestido o tranquilidad, los hombres han tenido que enfrascarse en lides con toda clase de animales, y los han tenido que vencer para poder estar hoy aquí. El hombre es el dueño de la razón, el animal no. Eso lo ha hecho sobrevivir, pero si la historia no fuera así, hoy no existiría nuestra raza: la tierra estaría poblada solo de seres irracionales que, a fuerza de sus características físicas como animales, muy superiores a las nuestras, habrían exterminado el olor humano de la faz tierra hace muchos siglos.

Que el hombre se encuentre en una lucha con una bestia es, entonces, tan natural como que haya que darle muerte en un matadero para que sus carnes lleguen a nuestra mesa. Pero comer es una necesidad, dirán algunos, tal vez los que no se han enlistado en el agresivo ejército vegano. Una corrida, ¿para qué si no para humillar al animal y burlarse de su suerte? Nunca. Nada más equivocado.

Una corrida toros demuestra tanto la fiereza del toro como el ingenio del que lo lidia; exalta en una celebración festiva los valores de ambos: uno, los tiene por instinto, el otro por su razón; valores que van desde la destreza, el orden, la disciplina, el ingenio, la entereza y el arrojo. Una corrida de toros es una representación artística, llena de bellos ritos, de lo que todos los días acontece: la sempiterna lucha entre la vida y la muerte, entre nuestros deseos y las dificultades que tenemos para conseguirlos. Por eso no es ninguna matanza, ni barbarie, ni crueldad; porque el toro de lidia existe para la lidia, así que amar al toro de lidia, es precisamente, lidiarlo. No es maltrato –sostiene en sus tesis el profesor Fernando Savater – obtener de la gallina sus huevos, ni del caballo su velocidad, ni del buey su fuerza; ¿Por qué habría de serlo obtener del toro bravo su bravura? [1]

El periodista Antonio Caballero expone una idea bastante lógica: todos los animales sufren a manos del hombre, y todos mueren a manos del hombre; pero el toro es el único que lo hace en franca pelea, siendo venerado, y dejando la lección admirable de su fuerza, y el respeto de la concurrencia en la plaza. [2]

Pues nosotros tenemos la gracia, valorada por pocos (como todo lo que es bueno, fino y noble) de ser un país con tradición taurina.

Ese rito de la confrontación del torero y el toro nos vino de la España grande que sembró su cultura en nuestro suelo, trayendo la fe y la lengua, pero también toros bravos, vacas y caballos. Desde entonces, el toreo y las corralejas se celebran por siglos de manera espontánea en casi toda Hispanoamérica. En Santa Fe de Bogotá, durante la época de la Colonia y avanzada después la era republicana, en los barrios se daban becerradas y corridas. En las fiestas populares se disfrazaba una persona de toro y otros lo capoteaban. Con corridas se celebraban las fiestas religiosas, el nombramiento de las autoridades, la consagración de los obispos, el matrimonio de las hijas de los nobles, la ascensión al trono del rey o del papa.

Hoy se desdibuja la importancia de la historia. Una sociedad enferma es la que da el lugar de las personas a la de los animales, y el de los animales a las personas, por eso para los taurinos, en general gentes de bien, jamás será comprensible ni aceptable que muchos consideren como derechos el aborto o la eutanasia, pero se rasguen los vestidos por el sacrificio de un toro. ¿Qué moral es esa? El top de una sociedad que afirma a rajatabla que hay que abandonar ya tradiciones crueles y violentas, es cruel y violenta con sus congéneres, y con una minoría que aprecia el antiguo arte del toreo.

Tal vez la tauromaquia esté condenada a la extinción, sí. Me atrevo a decir incluso que es bastante probable que suceda en un plazo mediano de tiempo. Pero si sucede, que suceda así, naturalmente, como muere una moda, como pasa una tendencia, como se funde una bombilla de luz incandescente en un garaje. No porque nadie la prohíba.

Mientras eso sucede, los taurófilos aplaudimos la disposición de la Corte, y celebramos con bota y pasodoble la reapertura de la Santamaría. Allí estaremos, viendo a los nuevos Hércules, las figuras del toreo de hoy, hacer el paseíllo que refrende que Colombia –duélale a quien le duela- es un país de tradición taurina.

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[1] SAVATER, Fernando. 2010 Tauroética, Madrid: Ariel.

[2] CABALLERO, Antonio. 2012. “¡Ay, los toritos…!” en Revista Semana, Bogotá. Enero 21 de 2012

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