22/1/16

El Reconocimiento al Mérida Country Club

La Comisión Taurina Municipal procedió a conferir la Distinción Orden al Mérito Taurino a esta institución. Foto: mcc.com.ve

por: Eduardo Soto

El día Jueves 21/01, en el Patio de Cuadrillas César Faraco de la Plaza Monumental de Mérida, la Comisión Taurina Municipal procedió a conferir la Distinción Orden al Mérito Taurino a dos instituciones y cinco aficionados, ligados por distintas vías al mundo del toro, pero todos plenamente merecedores de tan preciado galardón.

El Mérida Country Club, que esconde tras su nombre anglosajón una significativa tradición taurina y hasta cuenta con su pequeña plaza, en la que se dan cita aficionados, incluyendo los prácticos, para conmemorar ciertas fechas con festivales dedicados al arte del toreo. No obstante, es preocupante que, por diferentes motivos, haya dejado de reunirse la informal y entretenida tertulia semanal dedicada a la tauromaquia y que, asimismo, vayan desapareciendo las esporádicas veladas sobre tan interesante temática.

Ahora bien, lo que siempre debiéramos tratar de conservar son los Conciertos de Pasodobles, que religiosamente tienen lugar en su Gran Salón, por cuanto proporcionan pórtico solemne a los festejos taurinos de la Feria del Sol y ofrecen excelente oportunidad de admirar la Banda Taurina de la Mesa de los Indios. Esta Banda constituye ejemplo en el mundo, pues sus integrantes son oriundos del mismo pueblo y ligados por múltiples lazos de parentesco, lo que no hace fácil dilucidar si su virtuosismo proviene del terruño, es genético o ecléctico. Pero lo que sin duda está a la raíz de lo magistral y variado de sus interpretaciones, es su trabajo constante, su perseverancia para la investigación, búsqueda y estudio de nuevas partituras y la creación de su propia obra musical. Este premio es motivo de profunda satisfacción para todos; es más, estamos seguros que también hubiese sido otorgado unánimemente por la plenaria de cualquier colectivo taurino merideño. Maestro Rangel, para usted y los suyos, máximos trofeos.

Monseñor Baltazar Porras (a quien no conozco personalmente sino como figura pública), es caraqueño de nacimiento, andino de adopción y taurino de pura cepa. Desde hace años, solemos verlo en la Plaza de Toros y su presencia es siempre reconfortante, no sólo por su elevada dignidad eclesiástica sino también por su condición de acrisolado aficionado. ¿Cómo podría estar ausente de los galardonados el único Arzobispo torero que ha conocido el universo mundo?
El amigo Ricardo de Jongh, fue el primer presidente del Country Club que saludé y siempre recuerdo con agrado su cordial recibimiento en la oportunidad inicial que visité sus instalaciones. Por cierto, en esa época las actividades taurinas eran frecuentes, bien organizadas y se cumplían, las más de las veces, con mínimas cortapisas para la participación de aficionados, como el infrascrito, no miembros de la institución. Ricardo ha sido empresario taurino y por largos años cabal aficionado a la Fiesta Brava. Reciba mi más calurosa enhorabuena.

El conocido cronista taurino Giovanni Cegarra, es un aficionado que vive y siente la tauromaquia hasta los tuétanos. Alguna vez, conversando en las afueras de la Plaza de Mérida, comentábamos el quite por zapopinas ejecutado el día anterior por un diestro mexicano y todavía se erizaba al evocarlo. Una persona que realmente no vibre al apreciar lances de buena factura, es imposible que somatice la emoción de esa manera. Cuando le comentaba que era asiduo lector de sus crónicas, un colega suyo apuntó que escribía bien pero muy corto, quizás sin darse cuenta que hacerlo de esa manera entraña mayor dificultad. Sus descargas de humor siempre van de la mano con ciertas dosis de jocosidad. Más que cronista lo llamaría crítico taurino, en el mejor sentido de la palabra, pues sus escritos implican siempre deseos de mejora. Ole, Giovanni.

Así vamos llegando a terrenos de Golfredo Rojas, el más destacado fotógrafo taurino del país y uno de los mejores del mundo. Golfredo se desplaza constantemente a lo largo y ancho de la geografía del toro y, como los espadas de mucho cartel, acumula un promedio de cien corridas al año. Tuve oportunidad de ver su interesante entrevista en Tendido Cero y alguna vez escuché sus acertados comentarios sobre las ganaderías de casta más antiguas y sobre la mañana aquella de Nimes en la cual un diestro que se prodiga poco, pero derrocha sapiencia y valor rayano en temeridad, se encerró con seis toros y dejó en las arenas de la historia taurina su impronta inmarcesible. Es de lo más grande que he visto en mi vida de aficionado, comentó este conocedor de la Fiesta, que además contribuye a preservarla para la posteridad, mediante su lente oportuna y sus impecables diapositivas. Congratulaciones Golfredo, merecido reconocimiento.

No sé por qué razón he dejado para último lugar a mi paisano y amigo de la infancia Rodrigo Rivas Viloria, sería quizás un recurso subconsciente de control, porque habiendo tanta tela que cortar, a estas alturas ya empieza a preocuparme la longitud creciente del escrito.

Los recuerdos se remontan a los días de corrida en Tovar: Coso portátil, ruedo cuadrado, novillos criollos, toreros bisoños, festejos sin caballos y nosotros aún niños debutando como aficionados. A Rodrigo el gusto por la Fiesta Brava le viene desde temprana edad por ser tovareño e hijo de uno de los José Juanes, dos grandes aficionados del pueblo, famosos por sus conocimientos de tauromaquia, el uso frecuente del liquiliqui y tocarse con sombrero de ala ancha.

En la época de juventud, cuando andábamos de parranda y, del par de tragos en adelante, empezaba a hablar con inconfundible acento andaluz, lo que le valió el remoquete de Matador. Más tarde, lo perdí de vista algunos años y cuando lo volví a encontrar, a mi regreso del exterior, ya era un reconocido profesional de destacada actuación como locutor, narrador, comentarista, promotor, empresario y relacionista, todo ello ligado a la actividad taurina de la cual ha llegado a ser gran conocedor.

A inicios de unas Ferias de Tovar no tan recientes, tuve la suerte de ser invitado por los organizadores a un agasajo en honor de Don Juan Silveti, hijo del Tigre de Guanajuato, piedra angular de la famosa dinastía torera mexicana que va por su cuarta generación. El agasajado asistió con su hijo Alejandro, también diestro destacado, y tuve oportunidad de mantener larga y amena charla con Don Juan, quién a sus ochenta y tantos años, hizo gala de chispeante humor y demostró ser fuente inagotable de remembranzas y anécdotas taurinas. Pocas veces se puede disfrutar de reuniones sociales con una tan bien lograda combinación de homenajeado, invitados, ambiente, conversación y obsequio, como esa velada difícil de olvidar, organizada al alimón por Rodrigo Rivas y Nilson Guerra. Años después, conversando en San Cristóbal con el nieto de Don Juan, el entonces novillero Diego Silveti, me refirió que su abuelo recordaba con mucha complacencia el agasajo de que fue objeto en nuestro pueblo.

En tiempos más cercanos, hemos coincidido en importantes ferias españolas, como las de Madrid, Sevilla, Córdoba y Granada, para no mencionar los principales festejos venezolanos, a los cuales asiste en plan de trabajo, pero dichoso aquel que tiene su trabajo por placer. Con una vocación taurina tan patente y una consecuente trayectoria, a nadie puede extrañar que se le confiera una distinción de esta naturaleza a Rodrigo Rivas Viloria. Bravo, Matador.

Para rematar la faena, quisiera felicitar a la CTM por haber rescatado del olvido la Condecoración al Mérito Taurino y a todos los responsables de esta primera selección después del largo intervalo de más de veinte años, el cual no se repetirá pues, seguramente ya van dejándose ver aspirantes para una próxima entrega del galardón. Buena vara, Comisión Taurina de Mérida.

Eduardo Soto, A.T.T.
20012016.

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