19/8/15

Semblanza de un taribense excepcional

El Lic. Hugo Domingo Molina recibiendo el reconocimiento de parte de la Alcaldìa del Municipio Càrdenas. Foto: Martín Ordòñez

* Palabras del Lic. Pablo duque en el actode Bautizo del Coliseo Hugo Domingo Molina

por: César Omaña
Director de venezuelataurina.com

El acto realizado en Tàriba, en las instalaciones del Coliseo cuando se procediò a oficializar su nuevo nombre como Coliseo Hugo Domingo Molina, deja una interesante biografìa resumida de un taurino excepcional.


Semblanza de un taribense excepcional


Táriba, 16 de agosto de 2015

Corría el año 1937, cuando el 3 de septiembre, a los recién casados, José Domingo Molina y María Teresa del Carmen Colmenares, les nació su primer vástago. Como el recién nacido llegó a un hogar de ferviente formación católica, lo bautizaron en la pila bautismal de la iglesia de Táriba —que para entonces, no ostentaba su jerarquía de basílica—, como Hugo Domingo Molina Colmenares, siendo por consiguiente el mayor de siete hermanos.

Allí transcurrió su niñez y también su adolescencia, hasta terminar parte de su formación elemental en el Colegio Salesiano. Fue obvio, que sus progenitores sintieran la necesidad que el retoño continuara sus estudios, por lo que el chaval de entonces, pronto fue apartado de sus correrías juveniles, las que junto a muchos coterráneos de su época, hacía por zonas aledañas, pobladas de cañamelares y pomarrosos, por lo que el ambiente del campo, le fue afín desde muchacho.

Quiso incursionar en la carrera militar, concretamente, en la escuela de aviación, haciéndose presente en la ciudad de Maracay; allí fue recibido por un paisano de la Grita, el teniente Luis Gandica, con quien años más tarde, logró cultivar una buena amistad, pero en el mundo de los toros; en esa ocasión, las cosas no salieron como se planearon y Hugo Domingo no pudo ser piloto de aviones caza; pero años luego, si piloteó su propio avión.

Hugo nació a media cuadra del lugar donde por muchos años se dieron corridas de toros y ese ambiente, recibido también a edad temprana, lo contagió de su otra pasión, para el resto de su vida, la fiesta de los toros; porque su pasión primera, ha sido su familia. Al no resultarle las cosas en la Fuerza Aérea, regresó a su Táriba natal y comenzó estudios en San Cristóbal, en el Instituto de Comercio Alberto Adriani, obteniendo el título de Técnico Mercantil. A partir de allí, comenzó otra etapa de su vida, pues aquella, cargada de travesuras quedaba atrás, como por ejemplo, su época de monaguillo, en la que se hacía de los pichones de las palomas que se criaban en las torres del templo; tampoco se salvaba buena parte de las hostias y el vino de consagrar; es bastante probable, que la limosna de los fieles también haya sufrido algunos percances; pero de eso no hay cuenta en el anecdotario del viejo acólito.

Al culminar sus estudios en el Alberto Adriani, saltó al mercado laboral, comenzando a trabajar en el sector privado, laborando sus primeros años en la ciudad de Maracaibo, en una empresa alemana (la Corporación Van Dissel).

Se incorpora de nuevo al Táchira, cuando fue llamado por su amigo, Miguel Ángel Parada, para ocupar un cargo importante en la Contraloría General del Estado; pasó de allí, a ocupar cargos gerenciales, siendo Administrador General de la Lotería del Táchira; realizando esas funciones, obtuvo el título de Administrador Comercial, en la Escuela de Ciencias Económicas y Sociales de la Universidad Católica Andrés Bello (hoy, Universidad Católica del Táchira).

Estando en la institución lotera, donde además de ocuparse de realizar una importante labor social, impulsó de manera decidida, hasta ver hecha realidad, la construcción del edificio que le sirve de sede a esa importante institución benéfica, que ha sido orgullo del Táchira en Venezuela. Por su buen desempeño en ese campo, mediando las décadas de los años ochenta y noventa, fue Gerente General de la Lotería de Caracas, en la capital del país.

En su paso por Lotería del Táchira, le permitió impulsar dos importantes realizaciones que le han dado relevancia a nuestro Estado: fomentar la fiesta de los toros y el ciclismo. Como amante de las corridas de toros, se valió de un importante grupo de tachirenses y promovió en 1964 la idea de cambiar las tradicionales Ferias y Fiestas de San Cristóbal y crear una feria que le diera a la ciudad una proyección internacional y es cuando se da el paso de fundar la Feria de San Sebastián, siendo el primer presidente de esa institución, que recién conmemoró sus bodas de oro y desde entonces, la “Feria Gigante de América”, que así se le ha llamado desde entonces, ha tenido en Hugo Domingo Molina, uno de sus más fervientes defensores.

La otra realización que le ha dado al Táchira mucha notoriedad, fue la Vuelta al Táchira en Bicicleta, que nació justamente un año después de la feria y tuvo en el señor Molina un gran soporte, en la creación de grandes clubs ciclísticos, permitiendo la formación de pedalistas de alta competencia y proyección internacional. Pero volvamos al toro, fue evidente el gran impacto que produjo en Venezuela el nacimiento de la nueva feria de San Cristóbal, el haber contratado a Manuel Benítez “El Cordobés”, causó un impacto tan grande, que obligó a la Venezuela taurina de entonces, darse cita por este rincón del país, siendo el señor Molina el artífice y realizador de tal idea, pues ya había demostrado que era capaz de eso, cuando con escasos 20 años de edad, sin ninguna experiencia, logró que en Táriba se lidiaran por primera vez toros de casta, cuando eso para el Táchira, había sido casi nunca visto, —sólo se realizaban corridas con toros criollos, porque la única ganadería de casta que existía en Venezuela era la ganadería “Guayabita”, fundada en el Estado Aragua, por los hermanos Florencio y Juan Vicente Gómez Núñez, hijos del hombre de La Mulera, el general Juan Vicente Gómez, que escasamente lograba lidiar sus toros en el centro del país—. Eso sucedió en el año 1958, cuando Hugo Domingo trajo desde Ecuador, dos encierros, uno de Pedregal Tambo y otro de Santa Mónica, de Luis Ascazuvi; en esa ocasión, hizo su debut como matador de toros, esa gloria de la torería venezolana, el merideño, de San Juan de Lagunillas, don César Faraco Alarcón, quien hasta el presente, ha sido el único torero americano con alternativa en Las Ventas de Madrid, en Feria de San Isidro.

Una vez concluyó la primera edición de la Feria de San Sebastián (año de 1965), el señor Molina Colmenares comenzó a promover la idea de construir en San Cristóbal, una plaza de toros de alto aforo —que hasta entonces, tanto en la Villa, como en casi toda Venezuela, las corridas de toros se realizaban en plazas portátiles, pues solo existían en el país dos plazas fijas con categoría, El Nuevo Circo de Caracas, y la plaza de Maracay—, siendo nombrado Presidente de la Junta Promotora de la empresa que se encargaría de lograr tal objetivo, que resultó ser la Plaza de Toros de San Cristóbal, C.A. ente mercantil conformado por capital público y privado, que desde hace 50 años es ejemplo de auto-gestión, que como propietaria del inmueble, inauguró el 18 de enero de 1967, la Plaza Monumental de Pueblo Nuevo, con un aforo para 20.000 personas.

Fue Presidente de la primera Junta Directiva del citado ente mercantil, que desde ese tiempo es la encargada de administrar dicha estructura; empresa que el señor Molina acertadamente ha dirigido en varios oportunidades, de la que actualmente es Vicepresidente. A partir de allí, el homenajeado el día de hoy, por el Municipio Cárdenas del Estado Táchira, ha tenido un largo y fructífero trajinar por el delicado negocio de los toros, como promotor y organizador de este tipo de espectáculos, tanto dentro como fuera del país, logrando colocarse como persona de reputada y reconocida trayectoria en ese delicado mundo, por sus demostraciones de gerente capaz y de gran responsabilidad, en los distintos roles que en ese campo le ha correspondido desempeñar, pues el señor Molina Colmenares, desde que incursionó en el año 1958 en su lar nativo, ha sido representante de figuras del toreo, empresario de las más importantes plazas de Venezuela y también en el exterior.

Como hombre del toro, sus cualidades de gran visionario, se pusieron nuevamente en evidencia, cuando se fijó en la necesidad de fomentar la cría de ganado de lidia, para lo cual escuchó muchos consejos de un gran conocedor en la cría de reses bravas, don Gerónimo Pimentel; sin embargo, no deja de citar en ese sentido, a otros ganaderos, como a don Alberto Ramírez Avendaño, Javier Garfias, Domingo Ortega y al doctor González Piedrahita y sin muchas dilaciones, fundó en el año 1973 la ganadería de lidia, Rancho Grande, en unos espacios que habilitó en su finca al sur de nuestro Estado; luego fundó El Prado y ambos hierros pastan en los frescos cerros del municipio Junín y en los fríos montañosos del municipio Jáuregui, que hoy día continúan siendo las más importantes del país.

Recientemente, Hugo José –el menor de sus varones–, fundó con divisa verde esperanza y blanco, la ganadería La Consolación, en tributo a nuestra venerada Virgen, por el milagro de permitirle superar enormemente, el grave percance sufrido en ruedo ibérico, que no le permitió tomar la alternativa, cuando solo faltaban unos meses. Créanme, esa cornada la sufrió Hugo Domingo, tanto o más que el torero; pero el manto de Nuestra Señora, hizo que ambos, como el toro de lidia, se crecieran al castigo y como fiel testimonio del milagro, aquí está el “Morocho”, acompañándole. Como ganadero de bravo, ha logrado colocarse en la cresta de la ola; ha sabido ganarse también, el aprecio y el respeto de sus colegas; ha dirigido en varias oportunidades el gremio que los agrupa, la Asociación Venezolana de Criadores de Toros de Lidia, de la que acaba de ser nombrado nuevamente Presidente.

Es un amante y defensor del toro bravo y de la Fiesta; por eso, cuando Enrique Colmenares Finol le llamó para la encomienda de organizar y realizar esta corrida de toros, no vaciló en dar un paso al frente; es colaborador infatigable –sobre todo con los chicos que comienzan–, apoyando las escuelas taurinas y lo hace de manera especial, con la escuela César Faraco de San Cristóbal.

Dijo una vez Juan Belmonte, “ Se torea como se es”, debe ser por eso, que Hugo Domingo Molina ha sido siempre un hombre de campo, asunto que le fue inculcado por su señor padre, porque el viejo José Domingo, criaba algunas reses en zonas cercanas en su Táriba de entonces, que le permitió desde su adolescencia, familiarizarse con ese mundo; por eso –comenta Hugo–, cuando comenzó a trabajar y pudo hacer unos ahorros, compró un pequeño fundo agropecuario y no descansó, hasta convertirse hace tiempo ya, en empresario del campo y así, como escuchando al emblemático, Rafael “El Gallo”, cuando dijo: “Torear es tener un misterio qué decir y decirlo”- Este tachirense ejemplar, como productor agropecuario, es también hoy día, un importantísimo criador de búfalos de Venezuela, así como importante productor de leche y carne; muestra de ello, han sido las altas distinciones recibidas de gremios del sector, como la Federación Nacional de Ganaderos y la Asociación de Ganaderos del Estado Táchira.

Este personaje ha hecho del trabajo su norte; ha tenido muy claro el verdadero sentido de la amistad, cuando la brinda no lo hace a medias tintas y en ese rostro de hombre recio, existe el de un hombre cordial, dicharachero y de una gran calidad humana; cuando asume un compromiso, lo hace como el toro bravo de verdad, con entrega y sin importarle de qué tamaño sea.

Pero no son estos, los únicos atributos de este gran ciudadano, Hugo Domingo además de buen amigo, se ha caracterizado por sus dotes de buen hijo, buen hermano y un gran padre. Pero como los éxitos no se logran solo, es obvio, que también se requiere tener la suerte de saberse rodear y en eso ha contado siempre con el apoyo sincero de esa gran dama, doña Lucila Colmenares, con quien pudo formar un entrañable hogar, honorable, lleno de calor y amor fraterno, que ha sido el resto de su vida, el apoyo fundamental de lo alcanzado, donde cada quien se ha formado para poner en práctica lo aprendido, en beneficio del interés familiar; allí el trabajo también es el gran norte de esa casa, “La Molinera”, donde hoy día –dice él que aún manda–, pero en realidad, quienes lo hacen son sus nietos.

De modo que este reconocimiento que la municipalidad de Cárdenas le hace a este coterráneo suyo, no es otra cosa que premiar las buenas ejecutorias de uno de sus conciudadanos, con el ánimo que sirva de ejemplo a las generaciones futuras; por eso, los que nos encontramos aquí, –porque hay quienes vinieron de sitos lejanos a acompañarle– nos congratulamos por testimoniar este histórico acto, el cual es un acierto del ciudadano alcalde a quien también lo respaldó el cuerpo edilicio, a quienes les expreso mi gratitud, a quienes les pido que lo hagan extensivo hasta las demás instancias municipales.

También quiero manifestarle las gracias al señor alcalde, por oír y apoyar el llamado que hizo el Comité ad-hoc que se constituyó bajo el comando de otro hijo insigne de Táriba, el ingeniero Enrique Colmenares Finol, para que este año la feria en honor a nuestra santa patrona, la Virgen de la Consolación, no se quedara sin toros y seguros estamos, que continuarán, como un fiel testimonio de sus más rancias tradiciones. Un reflejo de ello, es haber aceptado de manera unánime la propuesta, que el Coliseo de La Perla del Torbes –obra lograda gracias al empeño de Enrique Colmenares Finol, quien siendo Ministro del Ambiente, le construyó a su amado terruño tan importante edificación, a quien los taribenses y la afición taurina del Táchira, tenemos que estarle eternamente agradecidos–, a partir de hoy, comience a llamarse “Hugo Domingo Molina”.

¡ENHORABUENA, AMIGO, POR ESTE MERECIDO RECONOCIMIENTO!



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