29/2/12

¡Vivan los Humanos!

Yo le aconsejaría a Petro, que es más sibarita y abierto de mente de lo que aparenta, que no nos cierre el templo de la torería colombiana, que antes hay huecos, basuras

por: por Salud Hernández-Mora Z. - Revista Caras

Nota:
El excelente artículo de Salud Hernández, que desenmascara de una vez por todas a los antitaurinos,publicado en la revista CARAS. Si estás de acuerdo con su contenido, escribe un mensaje de apoyo a la autora y de felicitación a la revista a www.caras.cl/contactos/

Me fascinan los toros. Y me encanta que se mueran de la ira esa manada de desocupados que se hacen llamar antitaurinos. Nada mejor tendrán que hacer con sus vidas que acudir el domingo a los alrededores de la plaza a gritar como posesos contra quienes vamos felices a la corrida. A veces pienso en acercarme para invitarlos a un buen tendido de sombra o, mejor aún, a barrera para que les salpique la sangre rojo intenso de los astados y renueven sus ansias de salir a chillar a la otra semana.

Que los toros no son un espectáculo para ganarse la beatificación, de acuerdo. Que encierran una cierta violencia, pues sí, como comer carne, foie, atún fresco o jabalí. Todo termina con el animal muerto, solo que unos en una tarde de gloria, dando la pelea, mostrando su belleza, colaborando a crear arte y, otros, decapitados por una máquina o reventados con la tripa llena.

Los toros de lidia, para que los ignorantes sepan, viven como hidalgos, en las mejores fincas, con los pastos más antojados, y pasan más años sobre la Tierra que sus colegas de otras razas. Si no hubiera corridas, no existirían esos animales imponentes, bellos, fieros, orgullosos. No hay plata que justifique criarlos salvo para que luego luzcan agresivos y juguetones en la plaza.

Si lo que busca la manada antes citada es su extinción por el mero placer de fastidiarnos a los que adoramos ese maravilloso espectáculo, a buen seguro que lo lograrán, tarde o temprano. Ya lo hicieron los politicos catalanes —que no todos los ciudadanos— aunque no por amor a los toros sino por desprecio a España. Como en la nación europea le llaman Fiesta Nacional y adornan los tendidos con la bandera patria, ellos prefieren evitar colores y símbolos que les recuerden que no son sino una región de un Estado llamado España. Por tanto, citar ese antecedente es tergiversar las verdaderas causas de una absurda supresión artística.

Pueden invocar también lo que hizo el vecino Ecuador, tras un referendo ab- H surdo. En teoría pueden seguir toreando pero sin banderillas, picador ni suerte de matar. Es decir, de toros, nada.

Así que solo queda esperar a que el alcalde de Bogotá y esos seres a los que me refería antes, nos ganen la guerra a costa de cortarnos las alas. El contrato con la Santamaría termina en 2015, el mismo año en que Petro entregará el mando, eso si no lo rescinde antes.

Si logran su propósito, seguro que meterán en la arena ocre esos espectáculos aburridísimos que tanto apasionan a la izquierda recalcitrante: cantantes protesta apolillados; teatros incomprensibles, aburridos, malos; recitales poéticos de insufribles poetas frustrados... En lugar de sombreros y botas, venderán fotos de Fidel autografiadas, camisetas del Che, ejemplares de Voz Proletaria. En suma, lo que entienden por progresismo aunque lo suyo sea un espejo retrovisor ampliado.

Yo le aconsejaría a Petro, que es más sibarita y abierto de mente de lo que aparenta, que no nos cierre el templo de la torería colombiana, que antes hay huecos, hundimientos, avalanchas, basuras, humedales en extinción, invasión de espacio público, carencia de vivienda y empleo, y millones de otros problemas gordos más allá de la vida y muerte de 46 toros bravos.

Y hablando de animales, para agitar un poco más la bilis de los desocupados antitaurinos, les lanzo lo que será mi campaña de defensa del ser humano en contra de los intereses animales.

Reducir a un tercio la población de palomas en los parques y plazas. Son repugnantes ratas con alas que todo lo embadurnan y acaban. Sus excrementos son ácidos corrosivos que dañan fachadas de los monumentos, además de vestidos y sacos. A mí me dan asco e, incluso, miedo cuando están en masa, por ejemplo, en la Plaza Simón Bolívar bogotana.

Es decir, una intensiva campaña de fumigación municipal como si se tratara de ratas.

Ahí no acabaría mi labor humanitaria (de humanos, señores desocupados). La emprendería contra las pandillas de perros callejeros que ya intentaron comerse a una niña y destrozaron a un joven en un barrio del sur de la capital. Les "pondría a dormir", eufemismo que siempre me hizo gracia. Porque si tengo que elegir entre la paz de unos ciudadanos atemorizados por los canes furiosos o la existencia de las fieras salvajes, escojo a los primeros, que se me hacen más semejantes que los de cuatro patas.

Si el colectivo antitaurino quiere arrojarme a la hoguera de sus desprecios por mis ideas que estimarán malvadas, estoy lista para acudir con la frente bien alta. Y eso que no han leído la última iniciativa que sugiero poner ya en marcha: eliminar por completo del perímetro urbano a todo perro de esas razas creadas para asesinar humanos. Sería el primer paso antes de mandárselos en bandeja de plata, por ejemplo, al vecino bolivariano. Si protege a Timochenko, no veo por qué no les dará cobijo a los rotweiller.

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